Rodrigo Viqueira de Cabalar, frai Viqueira oficialmente en la orden franciscana, hermano Rodrigo para sus compañeros, padre Rodrigo para las monjas de las cuales era confesor, y simplemente Viqueira en los círculos intelectuales y artísticos de Galicia, no solía vestir nunca de habito, salvo cuando visitaba algunos de los conventos femeninos de la orden para llevar su consejo espiritual a las hermanas, pensando que así lo veían como un clérigo y no como un hombre. Esa mañana la había pasado con las clarisas de santa Barbara y después de comer con ellas se había dirigido al museo militar, ubicado sobre las ruinas del antiguo convento de San Francisco. Solía dedicar siempre unas horas a la meditación entre las piedras que afloraban en el césped del jardín del museo cada vez que visitaba Coruña, reflexionando sobre el paso del tiempo y lo mísero de la condición humana. Así que intrigado por la historia que la tía de Saleta, madre superiora de las clarisas compostelanas, le había contado sobre el canadiense que buscaba un tesoro, había citado a los dos jóvenes esa tarde durante su jornada de reflexión.
Tras saludar amablemente los condujo, como si se sintiera el anfitrión en aquella casa, hacia la parte trasera del edificio, hablando de banalidades mientras sorteaban las ruinas, hasta que llegaron a una pequeña loma desde donde se tenía una perspectiva de todo el conjunto. Tras un minuto en silencio, el fraile les indicó que se fijaran en el dibujo que los restos de los viejos muros marcaban entre la hierba. Observen, se puede ver perfectamente lo que constituía la nave central, que en su día fue muy alta, con cubierta de madera, allí se aprecia lo que fue el crucero, ¿se dan cuenta? - Tom asentía maravillado de comprobar como estaba comprendiendo la grandeza que en otro tiempo debió tener el edificio. Mas allá, fíjense, era la cabecera del templo con tres ábsides poligonales. Tom pregunto por los nichos que se abrían por todas partes. Saleta le aclaró que eran enterramientos, de nobles y clérigos principalmente. Se hacían enterrar en lugares donde se practicara el rezo continuamente, a ver si tanta oración les abría las puertas al cielo.
Este convento fue un lugar importantísimo, no sólo de la ciudad, sino de España. Es difícil pensar que aquí mismo se hospedaron grandes figuras de la historia de este país, reyes y nobles. Saleta me ha contado que trabaja en la Opera de Nueva York, y antes de nada...me gustaría saber qué conoce de la historia de España. Tom fue franco al contestarle que absolutamente nada. Fray Rodrigo rió y le replicó: mucho más de lo que usted se cree. Piense en Don Carlo de Verdi. Pues bien, el rey Felipe II estuvo aquí, gobernando la marcha de la Armada Invencible hacia Inglaterra. Tom asintió, conocía la ópera en cuestión. Y antes el padre de este, el emperador Carlos, reunió entre estos muros las Cortes Generales de Castilla en dos ocasiones; imagínense, toda la nobleza y el clero más importante de Castilla aquí, en este convento de La Coruña. Pues si nos remontamos una generación anterior al emperador, sus padres Juana de Castilla y Felipe de Hasburgo también se hospedaron aquí. Y el fraile prosiguió con los padres de Juana, y con más antepasados, mencionado a reyes y nobles, en un remolino de nombres que a Tom no le decían nada.
Cuando la superiora de santa Clara en Santiago me habló de su búsqueda, de un chino que visito estas tierras en el siglo XV, me vino a la cabeza algo que tenía olvidado. ¿Ha oído hablar antes de este personaje entonces? preguntó Saleta sorprendida. Bueno, no exactamente, pero algo me resultaba familiar, así que mientras escuchaba en confesión a las monjitas, mi memoria se activó y recordé algo que puede estar relacionado con su historia. Me disculparán la teatralidad de mis actos, pero prefiero continuar mi relato en otro lugar.
Cuando los jóvenes asintieron no sospechaban que tendrían que desplazarse unos 25 km hasta la cercana localidad de Betanzos. Durante los veinte minutos que tardaron en llegar, fray Viqueira no articuló palabra. Sólo miraba por la ventanilla del auto de Saleta, fijándose en los campos, en los edificios, en los animales pastando alrededor de alguna granja. Era como si el mundo le transmitiera serenidad sólo por existir. Les fue guiando por el entramado de callejuelas estrechas del núcleo histórico de la pequeña ciudad hasta que llegaron a una bonita iglesia gótica. Entonces se aproximó a la portería del edificio anexionado a la capilla y una mujer que tenía muy poco pinta de conserje, pero que aparentemente ejercía como tal, les permitió el paso sin ningún problema tras reconocer al franciscano.
Estamos en otro convento de San Francisco, aunque este ha tenido más suerte que el de Coruña. Por lo menos no alberga armamento militar. El fraile se encontraba pletórico. Fíjense en esto. Y encendiendo las luces de una sala apareció ante ellos un enorme sarcófago de piedra, con la figura de un caballero sobre su tapa; pero lo que llamaba más la atención era que el ataúd se sostenía sobre los lomos de dos enormes cerdos. A Tom le pareció cuanto menos irreverente que unos cochinos sujetaran la ultima morada de tan noble personaje. Por no parecer ignorante no comentó nada. Viqueira, como si hubiera leído la mente del canadiense, se apresuró a explicar que los animales que sostenían el sarcófago eran un jabalí y un oso, símbolos de fuerza y coraje, animales heráldicos de la casa de Andrade, la familia nobiliaria que había sido señores de esas tierras durante siglos.
Siguieron al fraile por las capillas que rodeaban la nave central de la antigua iglesia conventual. Debajo de cada arco se cobijaba un sarcófago de piedra, similares al que habían visto a la entrada, aunque menos vistosos. Resultaba una colección única, la mayoría del siglo XV, explicó Viqueira. Antiguamente se encontraban no solo aquí en la iglesia, sino también por el claustro. Se han reunido así a modo de museo. Todos son de personajes pertenecientes a la nobleza local, prácticamente se trata de miembros de la familia Andrade, aunque hay algunos no identificados. Fíjense en ese.
Tom asombrado miraba de arriba abajo, una y otra vez el túmulo. Si estuviera frente a la mismísima corona de Turandot no estaría tan sorprendido. Hacía días que tenía la seguridad de que la historia que perseguía era cierta, y ahora encontraba la que para él resultaba la prueba definitiva. Le pidió a Saleta que le tradujera la placa explicativa. Se trata de un personaje vestido con ropas humildes de largas bocamangas, su rostro tiene rasgos orientales; ojos, barba entrelazada y cabello largo. Cubriendo su cabeza encontramos el sombrero típicamente oriental. Sus manos aparecen cruzadas sobre el pecho.
Dirigiéndose a fray Viqueira, Saleta preguntó de quién se trataba. Pues nadie lo sabe realmente. Recuerdo cuando de novicio visite este monasterio por primera vez. El padre tutor describió este enterramiento de pasada, como el de un peregrino, única manera lógica de que alguien acabe enterrado tan lejos de su patria. Pero Saleta, si se trataba realmente de un peregrino ¿por qué en su tumba no hay ningún símbolo que dé fe o de peregrinación? Una vieira, una cruz de Santiago... venir de tan lejos para visitar la tumba del Apóstol, morir tiempo después, y que en su tumba no se recordara, me parece extraño.
Tom, que no quería interrumpir las conversación entre los que el consideraba dos eruditos en historia antigua, señaló tímidamente que lo que sí se imaginaba es que debía ser un individuo más o menos acomodado. Para recibir sepultura en una iglesia y dentro de un sarcófago como ese, desde luego debía ser un personaje importante.
Dieron por buena la afirmación de Tom, y además Saleta puntualizó que estando enterrado en una iglesia, lo lógico sería pensar que se tratase de un católico.
De todas formas tampoco podemos saber si realmente es chino, por sus rasgos parece oriental, pero difícilmente podemos decir de que parte de Asia procedía - continuó fray Viqueira agachándose para observar detenidamente el rostro esculpido hacía más de 500 años - No sé si atribuirle un origen caucásico... las relaciones entre los principados caucásicos y la Corona de Castilla existieron en la baja Edad Media; y se sabe que los Reyes Católicos recibieron una embajada del rey georgiano Constantino III, quien, conocedor de la toma de Granada, pedía su apoyo para su lucha con los turcos.
Quizás sea eso, un posible miembro de alguna embajada. Pero - replico el fraile - a mí no me consta la existencia de ninguna. Y que yo sepa, la de los georgianos no llegó hasta Galicia. Pero podía ser que alguno de sus miembros se quedara por aquí y se convirtiera al catolicismo. Me viene a la cabeza lo que pasó con los embajadores de Japón en tiempos de Felipe II; muchos miembros de la comitiva se quedaron para siempre en Sevilla, donde aún se conserva el apellido "Japón".
Saleta continúo enunciando hipótesis ¿Tal vez algún religioso que se estableció aquí huyendo de los musulmanes que ocupaban su patria, fuera la que fuera? y Viqueira rebatiéndolas: la tumba no parece tener ningún atributo que nos permita conferirle rango religioso.
Podía tratarse de un judío, quizás un médico al servicio de los Andrade. Pero mujer... un judío... ¿enterrado en una iglesia católica? No me cuadra.
Es un franciscano. La voz rotunda sonó desde la oscuridad de la capilla opuesta al otro lado de la nave central. ¡Fray Eliseo! Exclamó sorprendido Viqueira. Los dos monjes se dieron un fraternal abrazo como es la costumbre en la orden. Después presentó al nuevo fraile a los dos jóvenes. Es el padre Eliseo, prior de Lugo. Qué casualidad encontrarlo aquí. El prior mantenía un semblante serio, como si hubiera descubierto "in fraganti" alguna travesura de los novicios. Hermano, puedes aclararnos las dudas que tenemos sobre este sepulcro. Es un religioso franciscano - repitió tajantemente- quizás un obispo, es del siglo XV y procede del en mala hora demolido claustro, donde se encontraban también, entre otros muchos enterramientos, los de fay Alfonso Pernas, obispo que había sido de Marruecos, y de fray Álvaro de Mayal, maestro en Sagrada Teología y ministro de la provincia franciscana de Santiago, yacijas ambas del siglo XV, por desgracia también desaparecidas. Y después de esa breve y fulminante clase magistral, el nuevo fraile desapareció casi sin despedirse en la misma oscuridad por la que había venido.
Disculpando el carácter de su colega, Viqueira les aclaró con ironía que el padre Eliseo veía franciscanos por todas partes. Centrándonos en los datos objetivos que se tienen nada podemos decir del enigmático personaje. Incluso quizás los ojos no sean tan rasgados, y las ropas no son más que vestimentas elegantes de un adinerado señor, que nos sorprenden por que todas las demás estatuas pertenecen a caballeros con armaduras y escudos. Igual no era más que un rico comerciante, o un gran maestro de algún gremio de la ciudad.
Tom los dejaba hablar. Hacía tiempo que la discusión sobre el origen de la figura allí representada no le interesaba, su intuición le decía, con toda seguridad, que aquel hombre enterrado en Betanzos hacía más de cinco siglos era Luang- Lu.
