16 Diciembre 2009
Rodrigo Viqueira de Cabalar, frai Viqueira oficialmente en la orden franciscana, hermano Rodrigo para sus compañeros, padre Rodrigo para las monjas de las cuales era confesor, y simplemente Viqueira en los círculos intelectuales y artísticos de Galicia, no solía vestir nunca de habito, salvo cuando visitaba algunos de los conventos femeninos de la orden para llevar su consejo espiritual a las hermanas, pensando que así lo veían como un clérigo y no como un hombre. Esa mañana la había pasado con las clarisas de santa Barbara y después de comer con ellas se había dirigido al museo militar, ubicado sobre las ruinas del antiguo convento de San Francisco. Solía dedicar siempre unas horas a la meditación entre las piedras que afloraban en el césped del jardín del museo cada vez que visitaba Coruña, reflexionando sobre el paso del tiempo y lo mísero de la condición humana. Así que intrigado por la historia que la tía de Saleta, madre superiora de las clarisas compostelanas, le había contado sobre el canadiense que buscaba un tesoro, había citado a los dos jóvenes esa tarde durante su jornada de reflexión.
Tras saludar amablemente los condujo, como si se sintiera el anfitrión en aquella casa, hacia la parte trasera del edificio, hablando de banalidades mientras sorteaban las ruinas, hasta que llegaron a una pequeña loma desde donde se tenía una perspectiva de todo el conjunto. Tras un minuto en silencio, el fraile les indicó que se fijaran en el dibujo que los restos de los viejos muros marcaban entre la hierba. Observen, se puede ver perfectamente lo que constituía la nave central, que en su día fue muy alta, con cubierta de madera, allí se aprecia lo que fue el crucero, ¿se dan cuenta? - Tom asentía maravillado de comprobar como estaba comprendiendo la grandeza que en otro tiempo debió tener el edificio. Mas allá, fíjense, era la cabecera del templo con tres ábsides poligonales. Tom pregunto por los nichos que se abrían por todas partes. Saleta le aclaró que eran enterramientos, de nobles y clérigos principalmente. Se hacían enterrar en lugares donde se practicara el rezo continuamente, a ver si tanta oración les abría las puertas al cielo.
Este convento fue un lugar importantísimo, no sólo de la ciudad, sino de España. Es difícil pensar que aquí mismo se hospedaron grandes figuras de la historia de este país, reyes y nobles. Saleta me ha contado que trabaja en la Opera de Nueva York, y antes de nada...me gustaría saber qué conoce de la historia de España. Tom fue franco al contestarle que absolutamente nada. Fray Rodrigo rió y le replicó: mucho más de lo que usted se cree. Piense en Don Carlo de Verdi. Pues bien, el rey Felipe II estuvo aquí, gobernando la marcha de la Armada Invencible hacia Inglaterra. Tom asintió, conocía la ópera en cuestión. Y antes el padre de este, el emperador Carlos, reunió entre estos muros las Cortes Generales de Castilla en dos ocasiones; imagínense, toda la nobleza y el clero más importante de Castilla aquí, en este convento de La Coruña. Pues si nos remontamos una generación anterior al emperador, sus padres Juana de Castilla y Felipe de Hasburgo también se hospedaron aquí. Y el fraile prosiguió con los padres de Juana, y con más antepasados, mencionado a reyes y nobles, en un remolino de nombres que a Tom no le decían nada.
Cuando la superiora de santa Clara en Santiago me habló de su búsqueda, de un chino que visito estas tierras en el siglo XV, me vino a la cabeza algo que tenía olvidado. ¿Ha oído hablar antes de este personaje entonces? preguntó Saleta sorprendida. Bueno, no exactamente, pero algo me resultaba familiar, así que mientras escuchaba en confesión a las monjitas, mi memoria se activó y recordé algo que puede estar relacionado con su historia. Me disculparán la teatralidad de mis actos, pero prefiero continuar mi relato en otro lugar.
Cuando los jóvenes asintieron no sospechaban que tendrían que desplazarse unos 25 km hasta la cercana localidad de Betanzos. Durante los veinte minutos que tardaron en llegar, fray Viqueira no articuló palabra. Sólo miraba por la ventanilla del auto de Saleta, fijándose en los campos, en los edificios, en los animales pastando alrededor de alguna granja. Era como si el mundo le transmitiera serenidad sólo por existir. Les fue guiando por el entramado de callejuelas estrechas del núcleo histórico de la pequeña ciudad hasta que llegaron a una bonita iglesia gótica. Entonces se aproximó a la portería del edificio anexionado a la capilla y una mujer que tenía muy poco pinta de conserje, pero que aparentemente ejercía como tal, les permitió el paso sin ningún problema tras reconocer al franciscano.
Estamos en otro convento de San Francisco, aunque este ha tenido más suerte que el de Coruña. Por lo menos no alberga armamento militar. El fraile se encontraba pletórico. Fíjense en esto. Y encendiendo las luces de una sala apareció ante ellos un enorme sarcófago de piedra, con la figura de un caballero sobre su tapa; pero lo que llamaba más la atención era que el ataúd se sostenía sobre los lomos de dos enormes cerdos. A Tom le pareció cuanto menos irreverente que unos cochinos sujetaran la ultima morada de tan noble personaje. Por no parecer ignorante no comentó nada. Viqueira, como si hubiera leído la mente del canadiense, se apresuró a explicar que los animales que sostenían el sarcófago eran un jabalí y un oso, símbolos de fuerza y coraje, animales heráldicos de la casa de Andrade, la familia nobiliaria que había sido señores de esas tierras durante siglos.
Siguieron al fraile por las capillas que rodeaban la nave central de la antigua iglesia conventual. Debajo de cada arco se cobijaba un sarcófago de piedra, similares al que habían visto a la entrada, aunque menos vistosos. Resultaba una colección única, la mayoría del siglo XV, explicó Viqueira. Antiguamente se encontraban no solo aquí en la iglesia, sino también por el claustro. Se han reunido así a modo de museo. Todos son de personajes pertenecientes a la nobleza local, prácticamente se trata de miembros de la familia Andrade, aunque hay algunos no identificados. Fíjense en ese.
Tom asombrado miraba de arriba abajo, una y otra vez el túmulo. Si estuviera frente a la mismísima corona de Turandot no estaría tan sorprendido. Hacía días que tenía la seguridad de que la historia que perseguía era cierta, y ahora encontraba la que para él resultaba la prueba definitiva. Le pidió a Saleta que le tradujera la placa explicativa. Se trata de un personaje vestido con ropas humildes de largas bocamangas, su rostro tiene rasgos orientales; ojos, barba entrelazada y cabello largo. Cubriendo su cabeza encontramos el sombrero típicamente oriental. Sus manos aparecen cruzadas sobre el pecho.
Dirigiéndose a fray Viqueira, Saleta preguntó de quién se trataba. Pues nadie lo sabe realmente. Recuerdo cuando de novicio visite este monasterio por primera vez. El padre tutor describió este enterramiento de pasada, como el de un peregrino, única manera lógica de que alguien acabe enterrado tan lejos de su patria. Pero Saleta, si se trataba realmente de un peregrino ¿por qué en su tumba no hay ningún símbolo que dé fe o de peregrinación? Una vieira, una cruz de Santiago... venir de tan lejos para visitar la tumba del Apóstol, morir tiempo después, y que en su tumba no se recordara, me parece extraño.
Tom, que no quería interrumpir las conversación entre los que el consideraba dos eruditos en historia antigua, señaló tímidamente que lo que sí se imaginaba es que debía ser un individuo más o menos acomodado. Para recibir sepultura en una iglesia y dentro de un sarcófago como ese, desde luego debía ser un personaje importante.
Dieron por buena la afirmación de Tom, y además Saleta puntualizó que estando enterrado en una iglesia, lo lógico sería pensar que se tratase de un católico.
De todas formas tampoco podemos saber si realmente es chino, por sus rasgos parece oriental, pero difícilmente podemos decir de que parte de Asia procedía - continuó fray Viqueira agachándose para observar detenidamente el rostro esculpido hacía más de 500 años - No sé si atribuirle un origen caucásico... las relaciones entre los principados caucásicos y la Corona de Castilla existieron en la baja Edad Media; y se sabe que los Reyes Católicos recibieron una embajada del rey georgiano Constantino III, quien, conocedor de la toma de Granada, pedía su apoyo para su lucha con los turcos.
Quizás sea eso, un posible miembro de alguna embajada. Pero - replico el fraile - a mí no me consta la existencia de ninguna. Y que yo sepa, la de los georgianos no llegó hasta Galicia. Pero podía ser que alguno de sus miembros se quedara por aquí y se convirtiera al catolicismo. Me viene a la cabeza lo que pasó con los embajadores de Japón en tiempos de Felipe II; muchos miembros de la comitiva se quedaron para siempre en Sevilla, donde aún se conserva el apellido "Japón".
Saleta continúo enunciando hipótesis ¿Tal vez algún religioso que se estableció aquí huyendo de los musulmanes que ocupaban su patria, fuera la que fuera? y Viqueira rebatiéndolas: la tumba no parece tener ningún atributo que nos permita conferirle rango religioso.
Podía tratarse de un judío, quizás un médico al servicio de los Andrade. Pero mujer... un judío... ¿enterrado en una iglesia católica? No me cuadra.
Es un franciscano. La voz rotunda sonó desde la oscuridad de la capilla opuesta al otro lado de la nave central. ¡Fray Eliseo! Exclamó sorprendido Viqueira. Los dos monjes se dieron un fraternal abrazo como es la costumbre en la orden. Después presentó al nuevo fraile a los dos jóvenes. Es el padre Eliseo, prior de Lugo. Qué casualidad encontrarlo aquí. El prior mantenía un semblante serio, como si hubiera descubierto "in fraganti" alguna travesura de los novicios. Hermano, puedes aclararnos las dudas que tenemos sobre este sepulcro. Es un religioso franciscano - repitió tajantemente- quizás un obispo, es del siglo XV y procede del en mala hora demolido claustro, donde se encontraban también, entre otros muchos enterramientos, los de fay Alfonso Pernas, obispo que había sido de Marruecos, y de fray Álvaro de Mayal, maestro en Sagrada Teología y ministro de la provincia franciscana de Santiago, yacijas ambas del siglo XV, por desgracia también desaparecidas. Y después de esa breve y fulminante clase magistral, el nuevo fraile desapareció casi sin despedirse en la misma oscuridad por la que había venido.
Disculpando el carácter de su colega, Viqueira les aclaró con ironía que el padre Eliseo veía franciscanos por todas partes. Centrándonos en los datos objetivos que se tienen nada podemos decir del enigmático personaje. Incluso quizás los ojos no sean tan rasgados, y las ropas no son más que vestimentas elegantes de un adinerado señor, que nos sorprenden por que todas las demás estatuas pertenecen a caballeros con armaduras y escudos. Igual no era más que un rico comerciante, o un gran maestro de algún gremio de la ciudad.
Tom los dejaba hablar. Hacía tiempo que la discusión sobre el origen de la figura allí representada no le interesaba, su intuición le decía, con toda seguridad, que aquel hombre enterrado en Betanzos hacía más de cinco siglos era Luang- Lu.
servido por aventurainternauta
sin comentarios
compártelo
15 Diciembre 2009
Tercera Parte
Tras la inquietante sensación que le supuso el descubrimiento de la joven china en la ópera la calma volvió a instaurarse en su vida durante los siguientes dos días, hasta que una mañana, demasiado temprano, recibió la llamada que estaba esperando desde el convento de las agustinas de Vicopelago. La madre Josephine, en su tono enigmático, le comunicaba que ya había encontrado a la persona adecuada para ayudarlos en su búsqueda, un caza tesoros con experiencia en estos lances. Debería salir en la mayor brevedad posible hacia Galicia, atravesar todo el país sin llamar la atención y una vez allí esperar nuevas instrucciones. Cuando Tom quiso aclarar algunos asuntos, la monja ya se estaba despidiendo apresuradamente.
Atravesar un pequeño país como España le pareció al canadiense algo tan fácil como darse un pequeño paseo. Para él Europa era un mosaico de pequeñas naciones con idiomas diferentes, lo que no sabía es que sin salir de España se podía encontrar hasta cuatro lenguas distintas y algún que otro dialecto. Pensó que todo eso era demasiado complicado como para alquilar un coche y atravesar los poco más de mil kilómetros que separan Galicia de Cataluña; así que desobedeciendo las que le parecían ya absurdas normas de seguridad de sour Josephine, consiguió un vuelo entre Barcelona y La Coruña para la mañana siguiente. No tuvo tanta suerte para encontrar un hotel céntrico a un precio adecuado a su economía, así que resignadamente se quedó en uno lujoso cinco estrellas, con vistas al puerto deportivo y a la magnitud del Atlántico, consolándose en que quizás no serían más de dos días los que necesitaría para encontrar el tesoro y volver a su vida cotidiana.
Caminó por el largo paseo marítimo de la ciudad hasta llegar cerca del antiguo faro romano que todavía se mantenía en funcionamiento. Después de bordear la Torre de Hércules bajó por las rocas hasta una explanada preparada a modo de helipuerto que quedaba entre el edificio y el mar, y allí, sobre la rosa de los vientos que decoraba el suelo se quedó mirando el océano durante mucho tiempo, pensando en las tierras que se encontraban al otro lado, de las cuales el procedía. Recapacitó por primera vez en lo que tuvo que suponer para los hombres de la Europa de finales del siglo XV el descubrimiento de nuevos continentes. Y en eso estaba cuando el teléfono sonó en su bolsillo. Sorprendido contestó a la amable voz de mujer que lo citaba esa misma tarde a las cinco en el jardín de San Carlos, al lado de la tumba del almirante inglés sir John Moore.
Se encontraba hospedado enfrente a los jardines, así que no tardó ni cinco minutos en llegar desde su habitación al extraño y pequeño parque convertido en jardín romántico, donde no faltaba ni los pasillos realizados con recortados matorrales de boj ni las palmeras exóticas que recordaban el pasado de puerto colonial de la ciudad, y en el centro la tumba de aquel general ingles que había dejado escrito que quería ser enterrado donde cayera muerto en batalla, y fue allí, en Coruña, luchando contra las tropas napoleónicas. Encontró a una mujer joven, de su edad más o menos, mirando la placa explicativa cercana al túmulo funerario. Supuso que sería una mensajera de ese Indiana Jones que la monja de la Toscana había contratado, pero para su sorpresa la mujer se presentó como Saleta Lago, la persona que intentaría ayudarlo en su misión.
Tom se disculpó por su deficiente español, pero Saleta, en un inglés con buen acento británico, le rogó que hablaran en su idioma, bueno, en inglés aclaró con una amable sonrisa. Se sentaron en un banco a la sombra protegiéndose del calor de aquella hora y Tom le comentó sin pensarlo que jamás se habría imaginado una caza tesoros como ella. Sonriendo nuevamente le aclaró que ella en realidad era bibliotecaria de la Universidad de Santiago de Compostela.
Mi experiencia como buscadora de tesoros es más bien anecdótica - explicó la joven - hace un año me vi envuelta en una aventura, en la cual acabe descubriendo una joya perdida hace muchos siglos, todo por encargo de mi tía, que es la madre superiora de un convento de Santiago. Está historia corrió por todos los conventos de España y después de Europa, a una velocidad que nunca hubiese imaginado. Hace dos días una monja italiana se puso en contacto con mi tía para pedirle mi ayuda, y claro, es mi tía, y me considera algo así como una superheroína, así que no sólo aceptó en mi nombre el encargo, sino que además le aseguró que yo sabría resolver su problema. Digamos que por educación, por contentar a mi tía y también, por que negarlo, por curiosidad decidí citarme aquí y conocer la historia.
Tom no sabía como empezar, no había superado todavía la decepción inconsciente que supuso que Saleta se pareciera tan poco a Harrison Ford. Así, que tras mirar unos segundos al suelo, y suspirar, buscando como comenzar, sólo se le ocurrió preguntarle ¿Señorita Lago, le gusta la ópera? Saleta lo miró sin entender bien la pregunta pero antes de continuar le rogó que se tratasen sin formalismos. Después, volviendo al tema, con serenidad le aclaró: jamás he visto una ópera.
¿Le suena quien fue Puccini? Bueno, soy licenciada en historia, se quien fue Verdi, y me suena también Puccini, es el autor de La Bohème, ¿verdad? Sí, contestó Tom con un tono de sentirse perdido ante lo que se le venía por delante. Verás, yo trabajo en el Metropolitan de Nueva York, de una forma casual clasificando objetos antiguos pertenecientes al atrezzo de óperas de principios del siglo XX hayamos unos documentos escritos por el propio Puccini, por los cuales dedujimos que él había descubierto algo en los últimos años de su vida, algo que había servido, además de inspirar su última ópera para hacerle pensar que en alguna parte se escondía un fabuloso tesoro. Saleta lo miraba con máximo interés, tanto que en ocasiones Tom le tenía que preguntar si estaba entendiendo bien su inglés, a lo que ella contestaba que perfectamente, pero que la historia le estaba resultando interesantísima. Así Tom le habló de Simón Stuczynski, de los estrenos americanos de las óperas de Puccini, de Turandot, del hijo legítimo del músico, de la herencia y las disputas que esta conllevo...en fin, le resumió en poco más de una hora todo lo que había supuesto su aventura, desde el almacén de municiones abandonado donde se guardaba la colección del viejo Matt hasta el libro en latín del convento de las reverendas madres agustinas de Vicopelago.
Cuando terminó toda su historia le preguntó que opinaba ella de todo aquello, y por qué creía que la madre Josephine lo había mandado a Galicia precisamente. Veras Tom, creo que una cosa esta clara. Si el embajador chino llega a la España del siglo XV y conoce a un noble en cuyas tierras se encontraba el lugar más sagrado de su religión, estamos hablando sin duda de Santiago de Compostela, la capital actual de Galicia, que desde el siglo XI es un foco de peregrinación importantísimo para el mundo cristiano. Creo que los primeros pasos a seguir tienen que basarse precisamente en ese dato. Qué nobles gallegos tenían importancia en la vida cortesana del siglo XV y además tendremos que buscar la presencia en estas tierras de un hombre oriental, como comprenderás eso tuvo que ser algo realmente chocante para la sociedad de aquel entonces, tiene que haber constancia de eso en algún texto o en alguna crónica.
Tom acompañó a Saleta por el casco antiguo de la ciudad hasta que llegaron a una pequeña plaza empedrada donde parecía haberse detenido el tiempo. Saleta le explicó que el edificio que cerraba la plaza era el convento de santa Bárbara, donde vivían las monjas clarisas de la ciudad desde hacía siglos. La superiora era amiga de su tía y había quedado en hacerle una visita ese día aprovechando su estancia en La Coruña. Quedaron citados en esa misma plaza para el día siguiente a la misma hora.
Tom cenó esa noche en una arrocería. Le fascinaba como se preparaba el arroz en España, le recordaba a la jambalaya que preparaba su abuela. Se dio cuenta entonces que no había llamado a Marianne de Vivonne desde que se despidió de ella en Paris hacía ocho días, claro que también estaba seguro que su abuela tampoco se había acordado de él en ese tiempo, cuando estaba en Provenza se sumergía en un extraño mundo de paz y sosiego que la tenía totalmente abstraída.
A pesar de que el arroz no poseía el toque picante de la comida criolla, la cena le resultó demasiado pesada; decididamente había comido demasiado, pensó mientras daba vueltas y vueltas en su cama sin conseguir dormir. Al final, quizás por puro cansancio se sumergió en un sueño que no dejó de ser agitado. Se encontró sin saber como en la plaza de Tiananmen, aunque por ridículo que parezca, no existían los sobrios edificios de estilo soviético que la rodean, sino humildes casas de campesinos. Entonces en el centro de la plaza se formó una gran revuelta. La guardia imperial llevaba al patíbulo al último pretendiente de la princesa Turandot. Tom lo reconoció, era Sir John Moore, que insistía en que debía ser enterrado en esa ciudad, pero los chinos no parecían comprender nada de lo que el condenado gritaba. Sólo murmuraban "los enigmas son tres, la muerte sólo una". Entonces Tom corre hacía la puerta de la Ciudad Prohibida, quiere hablar con alguien para evitar la ejecución, pero al llegar a los muros del palacio observa sobre ellos a la joven china que había visto en el Liceo, vestida con un impresionante kimono blanco, con la mirada perdida en el horizonte, ajena a los gritos del pueblo. Cuando Tom se va a dirigir a ella el sonido del gong lo invade todo...pero, algo raro pasa, el gong no suena como un gong...más bien suena como su teléfono móvil. Cuando se dio cuenta que estaba soñando se levantó precipitadamente intentando hacer callar al teléfono. Cuando consiguió descolgar comprobó asombrado que se trataba de Alan. Perdona, estabas durmiendo, siento despertarte pero me hago un lío con eso de las horas de diferencia. No pasa nada, contestó Tom, es qué ha ocurrido algo. Veras, Matt Stuczynski ha desaparecido. Tom le pidió que se explicara, estaba todavía medio dormido y no comprendía bien a que se refería.
Hacía unos días que no lo veía por el teatro, le comenzó a aclarar Alan, así que lo llamé por teléfono varias veces y no tuve respuesta. Fred y yo fuimos hasta Brooklyn a la residencia donde vive y allí nos dijeron que hacía tres días que no sabían nada de él. No tenían ningún teléfono de contacto de ningún familiar. Se habían limitado a dar parte a la policía y a esperar. Pudimos convencer a la directora del centro para que nos permitiera ver su habitación. Aparentemente todo estaba normal. Sencillamente se había marchado sin dar ninguna explicación.
Era una noticia inquietante, sin duda, pero a Tom se le ocurrieron mil disculpas para justificar el comportamiento del anciano. No podía pensar mucho en eso ahora, tenía que centrarse en lo que Saleta Lago averiguara.
Por la tarde se presentó puntualmente en la plaza de Santa Bárbara, allí espero unos minutos a que llegara la joven. Después de saludarse, Saleta le comunicó que ya había encontrado a alguien que les pondría sobre la pista. Había quedado con esa persona a pocos metros de allí, en el museo militar. Tom estaba sorprendido, tanto por la rapidez con que había realizado las pesquisas, como por el sitio elegido para citarse con el informador. Pero la mayor sorpresa fue cuando entrando en el museo, entre armaduras y antiguos planos de batallas y cartas marinas, mirando fijamente un cañón antiaéreo procedente de algún navío de guerra, se encontraron a su contacto, vestido con un habito de fraile, mirándolos por encima de sus pequeñas gafas y sonriéndoles amablemente.
servido por aventurainternauta
sin comentarios
compártelo
8 Junio 2009
Entre los muros prohibidos
El bien tiene su hogar
Y el dragón su morada eterna
En el valle abierto al mar
Desde tiempos remotos
La roca inamovible
Guardará la corona de mi princesa
Sí, podía ser el texto de una galleta de la suerte, dijo risueña la superiora. Es la traducción más aproximada que he podido hacer del poema final donde indica las pistas para encontrar el tesoro. Tom no decía nada. Pensaba que ahora que había descubierto todo, que realmente no eran imaginaciones suyas y de sus amigos de New York, que sabía que Puccini estaba fascinado por encontrar la corona de Turandot, y que esa fascinación había continuado en su hijo, ahora que poseía la verdad...qué tenía que hacer. El no era un hombre de acción. Sintió un pánico repentino, e inmediatamente vergüenza al pensar que la monja podía darse cuenta de ello. Intentó apartar estos pensamientos y prestar atención a su interlocutora.
Señor De Vivonne, ¿está dispuesto a llegar hasta el final? Ton asintió con la cabeza, sin recapacitar mucho en lo que hacía. Yo no puedo dejar esta clausura, bastantes normas de nuestra regla estoy incumpliendo últimamente. ¿Estaría dispuesto a continuar esta investigación en España? Tom ya no fue capaz de mover la cabeza, sólo miraba fijamente a la monja, que en un estado de suma excitación se paseaba de un lado a otro de la celda, pensando en voz alta, murmurando ideas, que después contradecía para volver a elaborar otras nuevas. Después de cierto tiempo, que a Tom le pareció una eternidad, el plan estaba perfectamente diseñado. Entonces sour Josephine acompañó al joven hasta la puerta del convento y dándole la mano amistosamente, le dijo con confianza, lo conseguiremos.
Minutos después, cuando Tom conducía su fiat hacia Lucca pensaba mentalmente en como recoger su maleta rápidamente y salir de Italia en la mayor brevedad posible. Hasta ahí había llegado. No era intrépido, bastante había hecho, más de lo que podía esperar. Entonces recordó la nota en papel nacarado que había encontrado en su taquilla. Esperanza. Eso es lo que le había llevado a realizar toda la investigación, pero ahora dudaba de si mismo.
En esos pensamientos estaba cuando casualmente vio por el retrovisor el mismo automóvil negro de los días anteriores. Tras unos kilómetros estaba convencido que lo estaban siguiendo. Al entrar en Lucca intentó despistarlo atravesando un polígono industrial, metiéndose en calles secundarias, incluso atravesando una dirección prohibida entre los gritos de los peatones escandalizados. Pero era imposible, el vehículo negro se pegaba a él a escasos metros, y si tras dar un esquinazo parecía perderlo en unos minutos volvía a aparecer cobrando distancia hasta volver a ser su sombra. Dejó el coche de cualquier manera a pocos metros del hotel, y salió a toda prisa estando seguro que sus seguidores no podrían atraparlo antes de entrar en el hall. Pero se equivocó. Dos hombre corpulentos, corrieron detrás de él hasta que lo alcanzaron justo cuando atravesaba la recepción y se dirigía al ascensor. Cuando se cerró la puerta tras él comprobó que sus perseguidores se encontraban dentro del ascensor acorralándolo contra una de las esquinas. Pensó en gritar, pero entonces, la voz fingidamente amable de uno de ellos, lo tranquilizó.
Con un marcadísimo acento oriental, el más alto se presentó como el comisario Xiaoping Zhang del servicio de inteligencia de la Republica Popular China y su ayudante el agente Zou. Mr. Vivonne, no tenga miedo, no queremos hacerle ningún daño, más aun, sólo queremos protegerlo. Tom no comprendía nada. Creemos que usted esta jugando a un juego peligroso, y queremos advertirle que no sabe con quien se puede llegar a enfrentar. Gente muy peligrosa, Mr. Vivonne. El ascensor se detuvo en su planta. Las puertas se abrieron, el agente Zou sujeto la puerta con su enorme brazo, impidiendo la salida a Tom. Sólo una cosa más, tenga siempre presente, que si encuentra algo que pertenezca al pueblo chino, nosotros lo reclamaremos. Dicho esto Zou retiró su brazo de la salida y Tom salió apresuradamente hacia su habitación, cuando miró hacia atrás vio los rostros sonrientes de los dos agentes chinos mirándolo fijamente mientras se cerraban las puertas.
Se tiró encima de la cama hasta que la taquicardia fue disminuyendo. Cerró los ojos para relajarse, y entonces tomó la decisión. Seguiría el plan de sour Josephine. No iba a dejarse amedrentar. El suceso del ascensor era la mejor prueba de que estaba siguiendo pistas acertadas. Sus amigos estarían orgullosos de él.
Pasaban pocos minutos de las cuatro de la mañana cuando Tom se presentó en recepción para pedir su factura. Tal y como le había indicado la abadesa salió a la calle y sintió el suave frió de la noche en su rostro. Aspiró fuerte como si quisiera llevarse el aroma de la ciudad con él. Una vieja camioneta aparcada enfrente al hotel le hizo una señal con las luces. Era Luigi Carolo, el viejo suministrador de víveres de las agustinas de Vicopelago. Empezó así un periplo por las aldeas del contorno, recogiendo huevos en una casa, tomates en otra, pan en una vieja tahona, unas garrafas de aceite en un aislado almacén de ninguna parte. Al fin, Tom fue dejado, como si se tratase de un encargo más, en un apeadero de tren, que parecía abandonado. Todo le parecía excesivo, pero sour Josephine estaba convencida de que estaban siendo observados, y quería que saliera de Italia sin dejar huellas fáciles de rastrear, por lo que estaban prohibidos los aviones, los coches de alquiler, o pagar con tarjetas de crédito ¿Dónde aprendería esta monja todas esas cosas?
Cuando amanecía paró el expreso a Genova. Ya en el tren se relajó mirando como el sol salía sobre el Mar Tirreno, y la Toscana quedaba atrás. A media mañana se despertó cuando notó que el tren disminuía su velocidad. Estaba entrando en la estación de Genova.
Le fue fácil encontrar el puerto, y más fácil aun conseguir pasaje en el primer ferry que salía rumbo a Barcelona esa misma tarde. Mientras comía en una taberna mirando el bullicio de los estibadores y marineros se acordó de Cristóbal Colón, el genoves. Recordó la recepción a la que había sido invitado en el Waldorf Astoria el día de Colón, después de estar horas en la calle viendo el desfile, donde cientos de policías de origen ítaloamericano llenaban las calles con banderas italianas mientras el Empire State permanecía iluminado con esos colores. ¿Era tan grande el peso de los italianos en Estados Unidos?
Cuando llegó a Barcelona estaba deseando encontrar un hotel, darse una larga ducha y meterse en cama a dormir sin sentir el traqueteo del barco bajo él. Saludo a Colón nuevamente cuando comenzó a subir por las ramblas. Al pasar al lado del Gran Teatro del Liceo se quedó inmóvil ignorando la maraña de gente que pasaba a su alrededor; ajeno a los empujones y reproches de los transeúntes, Tom no podía dar crédito al enorme cartel que anunciaba la ópera que estaba siendo representada esos días: Turandot con María Guleghina y Ainhoa Arteta.
Por su cabeza pasó la entupida idea de que el fantasma de Puccini quería allanar su camino mandándole guiños.
Se despertó al día siguiente después de dormir más de diez horas. Tras desayunar en una cafetería salió a la calle para completar el siguiente paso del plan de la madre Josephine. Compró un teléfono móvil sin contrato e hizo una llamada al teléfono privado del convento para dejar su número registrado. Ahora sólo le quedaba esperar una llamada desde Italia que le indicará cual sería su siguiente destino.
No sabiendo bien como rellenar el tiempo se fue paseando por el barrio gótico hasta llegar al museo Picasso. Le pareció una buena idea relajarse viendo la obra del pintor. Cuando entraba en la segunda sala observó a una mujer mirando fijamente El Final del Número; permanecía tan quieta que parecía llevar allí mucho tiempo, petrificada, escrutando la sutil reverencia que desde dentro del cuadro una artista hacía hacia el público. Tom se acercó despacio a ella, se colocó a sus espaldas y le dijo: Madame Guleghina, je suis un grand admirateur de votre art... ¡Tom! Exclamó sorprendida la diva, qué haces en Barcelona. Evidentemente Tom sólo le dijo que estaba de vacaciones recorriendo Europa. ¿Vendrás al Liceo esta noche? Oh, bueno, titubeo Tom, acabo de llegar a la ciudad y desconocía que había esta representación, me temo que ya no tendré entradas...Tonterías, le dijo la Guleghina, te dejaré una en la taquilla.
La puesta en escena de aquella Turandot le estaba fascinando. Recortadas sobre un fondo minimalista salían las escenas abigarradas de orientalismo, envueltas siempre en una neblina que marcaba el espíritu fascinante y misterioso de esa China inmemorial. Justo cuando Turandot comenzó a cantar In questa reggia la mirada de Tom se cruzó con la de una bellísima joven oriental, que desde el palco de enfrente seguía la representación inmersa en una emoción contenida. No pudo dejar de observarla el resto del tiempo. Estaba atrapado por la elegante belleza de la mujer y en su corazón surgió una pasión que no podía frenar, llenándole de un deseo incontenible de conocerla.
Al terminar la ópera salió apresuradamente para intentar interceptar a la joven china, pero cuando llegó a la calle observó como esta, acompañada de un grupo de hombres que la escoltaba, entraba apresuradamente en una limusina. Cuando pasaba delante de Tom el automóvil disminuyó la velocidad y una de las ventanillas traseras descendió apenas unos centímetros, los justos para dejar caer una nota escrita en un elegante papel nacarado y atada con una cinta de seda roja.
¡Brilla como la llama y no es llama! Es tal vez delirio. Es fiebre de ímpetu y ardor. La inercia lo cambia en languidez. Si te pierdes o mueres se enfría. Si sueñas la conquista se inflama. Tiene una voz, que escuchas palpitante y es el vivo resplandor del ocaso.
Tom lo tuvo claro, la sangre es.
FIN DE LA SEGUNDA PARTE
servido por aventurainternauta
sin comentarios
compártelo
3 Junio 2009
Realmente el argumento del manuscrito era para pensar en hacer una ópera de él, quizás era excesivo incluso para ópera; pero Tom no comprendía el misterio que guardaba, solamente era una historia más, sorprendente, simpática, pero sólo otra historia. Cuando le estaba explicando esto a Antonia Ferrara, ella sonreía y callaba, dejándolo hablar. Al fin prosiguió: Se calcula que Puccini valoró unos cien argumentos para llevarlos a escena que no uso nunca, con algunos llegó incluso a darles forma de libreto y ha componer algunos esquemas musicales. Que haya guardado ese cuaderno con estas anotaciones es algo curioso; si había descartado hacer una ópera sobre el embajador de China o su princesa, por qué guardarlo. Buena puntualización - añadió Tom - yo no me hubiese expresado mejor.
Pues bien, prosiguió la mujer, yo creo que lo guardó por que creía que lo que había trascrito desde algún texto a ese cuaderno era cierto, y en el texto había algo que le resultaba muy atractivo, la idea romántica de buscar el tesoro que el embajador chino había traído a occidente.
¿Pero el texto habla de eso también? Exclamó Tom. Sí, déjeme que continué, ya estoy acabando: El chino cree que el joven llegará a su imperio, pero este desaparece misteriosamente, así que el embajador, aislado en ese reino tan lejano de su tierra y sin posibilidad de regresar se instala allí, y esconde aquel tesoro en un lugar del castillo familiar del noble aventurero, pensando que si algún día el vuelve podría encontrarlo.
Quiere decir...- Antonia lo interrumpió - quiero decir que en el texto se ocultaba las pistas para encontrar el tesoro chino en un castillo español.
Entonces Tom reconoció aparcado el coche negro que había visto esa mañana cuando volvía de Vicopelago y pensó que se trataba del de Antonia Ferrara, pero cuando se lo iba a preguntar, Antonia se volvió hacia él y extendiéndole la mano se despidió. Mi chofer me espera en la otra acera, ha sido un auténtico placer charlar con usted esta tarde, espero haberle servido de ayuda en su investigación. Tras unas palabras cordiales la mujer atravesó la calle hacia un imponente Mercedes. Un chofer informalmente uniformado salió del auto para abrirle la puerta trasera. Antes de que la cerrara Tom vio como le decía adiós con la mano desde el interior. Se quedó en silencio en mitad de la calle, pensando que los restos de la herencia Puccini que habían llegado a ella no debían ser tan insignificantes.
Cuando volvía sobre sus pasos no se acordaba ya del misterioso auto negro, pero le llamó la atención que en ese mismo momento dos hombres con rasgos orientales se subieran a él y salieran con rapidez del aparcamiento.
Medito toda la conversación de la tarde mientras paseaba camino al hotel. Hablaba consigo mismo, haciéndose razonar, convenciéndose que todo lo referente al manuscrito Turandot no tenía nada que ver con la realidad. Tom sabía que la idea para la ópera había surgido dos años más tarde durante una comida que Puccini mantuvo con sus libretistas, y en realidad es la adaptación de una obra teatral, que a su vez esta basada en un relato oriental del tipo "Las Mil y Una Noches".
Esa noche después de cenar se retiró pronto a su habitación a repasar sus notas: El origen de la historia de Turandot se remonta a un poema de Nezami, uno de los grandes poetas de Persia. Este poema relata la historia de un rey persa de la época sasánida, que tenía 7 princesas, cada una de ellas proveniente de un lugar distinto del imperio: Egipto, China, Rusia, Grecia, Turquía, India y Asia central. La princesa rusa vivía aislada en un castillo y proponía a sus pretendientes la resolución de enigmas para poder pasar a verla.
De Las Siete Bellezas, de Nizami, se conoce una versión francesa, incluida por François Pétis de la Croix en "Los Mil y un Días. Cuentos Persas, Turcos y Chinos" de comienzos del siglo XVIII, en la cual la princesa rusa ya se transforma en una fría princesa china. Con este origen se van escribiendo diversos cuentos a lo largo de ese siglo, tanto en francés, como en alemán, hasta llegar a algunos donde se incluyen todos los elementos que aparecerán posteriormente en la ópera pucciniana: la princesa cruel hija de un noble emperador, el príncipe Calaf desterrado de su reino tras perderlo en una batalla, los acertijos que la princesa usa para despreciar a sus pretendientes y mandarlos al cadalso, incluso la victoria de Calaf sobre ella. Todo está en la literatura orientalista del siglo XVIII. El libreto original es una traducción de un poema alemán de Frederich Schiller, que este había escrito sobre una tragicomedia de Carlo Gozzi.
Agotado por todas las revelaciones del día se quedó dormido sobre la cama, rodeado de las notas y papeles fotocopiados que llevaba acumulando desde hacía meses, cuando el frió de la noche lo despertó, se desnudó como un autómata y se metió bajo el calido edredón, disfrutando entonces de un sueño placido y profundo.
A la mañana siguiente, después de un buen desayuno, se dirigió nuevamente hasta el convento de las agustinas de Vicopelago. Deseaba reanudar la charla con sour Josephine y hacerle participe del descubrimiento que la tarde anterior había hecho él gracias a la señora Ferrara.
La hermana portera lo dejó entrar sin ninguna explicación previa, como si lo estuviese esperando y en el banco donde había estado esperando el ayer se encontró sentada a la superiora. Tras darse los buenos días, sour Josephine lo encaminó a la celda de Puccini para continuar con el tema del día anterior.
Antes de volver sobre el texto español del siglo XVI que se encontraba en el enorme libro del atril, Tom creyó conveniente hablarle a la monja de Antonia Ferrara y de lo que ella denominaba el manuscrito Turandot.
La monja se sintió orgullosa de que ese manuscrito confirmase su teoría. La historia del manuscrito es la que estaba escrita en el enorme libro. Puccini la había escrito en ese cuaderno, quizás para inspirarse posteriormente en él y hacer una ópera, quizás por que efectivamente, el texto hablaba de un tesoro escondido en un castillo.
Querido amigo, estoy contenta y perturbada al mismo tiempo. Ahora se que realmente el maestro copió el texto de este libro. Sabe, no se si realmente Puccini pensaba en recuperar el tesoro, creo que sólo le gustó la historia y después de investigarla, el y sus libretistas encontraron la literatura que le recordaba a ella. Por eso el lleva el desarrollo a la corte imperial de Pekín, tal y como se cita en nuestro libro español. Recuerdo que Pekín se convierte en la capital del imperio chino en 1403, con el tercer emperador de la dinastía Ming y construye la ciudad prohibida entre 1406 y 1420, que ya no es una época de leyendas y cuentos.
Tom pensaba en el supuesto tesoro y que desde luego sus descendientes sí creyeron en él, sino por que todo el revuelo tras la muerte del autor, empezando por su propio hijo.
La madre Josephine empezaba a dar muestras de nerviosismo, se aproximó a la puerta de la celda para comprobar que no había nadie en el pasillo, y la cerró - pero Puccini no sabía chino, así que no pudo valorar la prueba definitiva: las últimas páginas del libro. Tengo que ser muy franca con usted, por que sólo usted puede resolver todo esto. Mi condición de monja de clausura me impide investigar fuera de estos muros, pero tengo la información suficiente como para creer que puedo aclarar todo el enigma. Por otra parte debemos actuar con mucha prudencia, creo que hay más personas siguiendo la pista al tesoro escondido de Turandot.
Tom sintió cierto temor por primera vez desde que su investigación había comenzado. No sabía que decir, se dejó caer sobre el catre de la celda y le rogó a la monja que le dijera todo lo que sabía.
Verá, creo que debo contarle algo. Hace unos tres años llegaron al convento unos turistas chinos que decían ser de origen norteamericano. Recuerde que viví más de 10 años en China, y conozco perfectamente su manera de vivir, no tengo que explicarle que los chinos de China no hacen turismo. Yo no mencioné que conocía China, ni que hablaba su idioma, por que desde un principio había algo que me resultaba curioso. Hablaban mandarín, además con expresiones cultas, mientras que la inmigración china., sobre todo la norteamericana habla cantones mayoritariamente. Pero en su comportamiento no había nada de la republica comunista, más aun parecían adinerados, por sus ropas occidentales caras, aunque discretas. Se interesaron por Puccini, quisieron saber que teníamos en el convento que hubiese pertenecido al compositor. Por aquel entonces todavía no había encontrado nada de las cosas que guardo en esta habitación, así que no les mentí, les llevé a la sala del piano y les indiqué que aquello era todo. Parecieron disgustarse, sobre todo la mujer joven del grupo, a la que los demás parecían seguir como si fueran sus criados. Tras ver la sala en menos de un minuto salieron rápidamente sin despedirse. Lo que más me sorprendió de todo...la forma en la que se dirigían los miembros del grupo a la joven, la llamaban "alteza".
Recordó la historia que Antonia Ferrara le había contado sobre los compradores del manuscrito, evidentemente se trataba de la misma gente, que años después seguían buscando lo mismo.
La trascripción del texto del libro hecha por Puccini da una idea de donde esta el tesoro, pero España es grande y esta llena de castillos. Puccini no podía obtener más información del texto español... ¿Y usted sí? preguntó Tom apresuradamente. Claro, recuerde que tengo una ventaja, sé chino.
Después de el poema donde se cuenta la historia del llamado peregrino oriental que llega a Castilla, y que es más o menos como le contó esa señora en Lucca, aparecen estas páginas de las que le hablé ayer; para mi imprescindibles para reconocer la autenticidad de la historia. Escritas en chino tradicional, algunas de las palabras no se entienden bien, pero voy a darle algunos datos que creo que usted debe anotar. El nombre del personaje que viaja desde China a España es Luang- Lu o por lo menos esa es la trascripción más razonable. Era un eunuco a las órdenes del emperador Yogui o de su hija, la princesa Tse Ming. Viaja por todo el mundo, y cuando digo todo me refiero a todo, por que parece incluso que llega a una tierra virgen más allá del gran mar de occidente desde las costas de África...en fin. En España se encuentra una Castilla sumida en una guerra civil y traba amistad con un noble, del que no nos dice el nombre pero si que bajo su dominio estaba el lugar más santo de todo el país. Le cuenta a este noble su origen, la riqueza de la corte imperial china, y como ha sido su viaje desde allí. Entonces, sin aclarar muy bien como pasa, el noble cae en desgracia ante los reyes y desaparece. Luang - Lu decide dejar la corte y marchar a la casa del noble a esperar su regreso, y allí recopila toda la cultura de occidente que ha conocido en su viaje, con la esperanza que le sea llevada al emperador por el noble cuando regrese. Parece incluso por alguna frase piadosa escrita que abraza el cristianismo. Anciano y enfermo antes de morir escribe este texto, explicando toda su aventura y diciendo en clave donde se encuentra el tesoro. Sour Josephine, por favor, en qué consiste exactamente el tesoro del chino. La monja bajo instintivamente el tono de voz: La corona imperial de la princesa Tse Ming.
servido por aventurainternauta
sin comentarios
compártelo
1 Junio 2009
Querida señora, permítame que la invite a cenar para continuar con nuestra conversación. Tom estaba convencido que la parte realmente interesante venía a continuación. Antonia Ferrara desestimó la invitación diciéndole que inevitablemente tenía que volver a Pissa esa misma tarde, pero le aclaró que la historia estaba ya tocando a su fin, que tuviera un poco más de paciencia con una mujer anciana sumida en recuerdos.
¿.Y que fue de ese cuaderno? preguntó entonces Tom para ir al grano de forma rápida. La anciana contestó: se vendió, como todo. A finales de 1985 toda la colección de documentos y enseres estaba perfectamente clasificada y detallada. Don Livio cada vez se encontraba peor y después de año nuevo ya casi no se levantaba de la cama. Los compradores iban llegando poco a poco, millonarios americanos ávidos de invertir en antigüedades, coleccionistas fanáticos de todo el mundo, suministradores de rarezas a museos y universidades, incluso algún agente de algún ministerio de cultura. Incomprensiblemente la agenda con la historia china no se vendía, quizás por que nadie entendía bien que era eso, y tanto Belladona como yo la habíamos clasificado en la categoría más cara, junto con partituras manuscritas de obras inéditas inacabadas y cartas personales. Todas las ventas eran firmadas por Livio Dell´Ana, auténtico propietario de la colección, y los talones eran llevados por Belladona al banco inmediatamente.
La casualidad hizo que la pequeña agenda manuscrita fuera el último lote de esa subasta funesta, y que el mismo día en la que un extraño comprador se había anunciado para venir a verla, falleciera don Livio.
Belladona se puso muy nervioso, el comprador llegaría en cualquier momento y había ofrecido una cantidad astronómica de dólares por ella. Me llamó a la habitación donde yacía el cuerpo del que había sido su pareja durante más de 40 años. Sus ojos mostraban que había estado llorando, pero sacando fuerzas quería dar una imagen dura, un "C'est la vie". Me habló con franqueza y ternura: Antonia, tu siempre has sabido nuestra historia de amor, desde aquella tarde de lluvia en el despacho de Livio, tienes que ayudarme ahora, no puedo confiar en nadie más. Dentro de pocos minutos llegará un comprador interesado en la agenda china, Livio quería deshacerse de todo, transformarlo en dinero y dejármelo todo a mi, quería garantizar mi futuro, mi vejez sin estrecheces y darme un final digno, como el que el tuvo. Sabes que la agenda no me pertenece, ahora es de sus herederos legales...pero eso solamente lo sabemos nosotros.
Interrumpí a Belladona para preguntarle si me estaba proponiendo que fuera cómplice de un robo, y el me dijo que sólo quería mi ayuda para cumplir las últimas voluntades de su amado. Así que accedí a su plan. Cuando llegará el comprador, yo presentaría a Belladona como don Livio Dell´Ana y este falsificaría la firma de Livio, después se comunicaría la muerte del señor Dell´Ana a su familia.
Parecía que el propio Puccini estaba orquestando toda la falsa, pensaba Tom, la realidad superaba la ficción, y ya no sabía si Pasquale Belladona era un personaje o un hombre de carne y hueso; ¿sería consciente Antonia Ferrara que estaba contándole el argumento de Gianni Schicci? Tom no quiso ahondar en los perjuicios morales que parecían molestar a la mujer, sólo quería saber quien era el misterioso comprador del manuscrito.
La Ferrara continuó, ya cansada, el relato: pronto llamaron a la puerta, al abrirla me sorprendió el grupo de personas que se encontraban esperando. Un corpulento hombre de gran talla entró seguido de cuatro o cinco más que parecían su sequito, en medio de los cuales caminaba una pequeña niña de no más de 10 años. Todos tenían rasgos orientales.
Ojearon la agenda negra en silencio, se la pasaron unos a otros y asentían con la mirada. Al final la niña que había permanecido en silencio les ordenó algo en su lengua, y rápidamente salió de la casa seguida de los escoltas, quedando sólo el hombretón para cerrar el trato. Con una voz casi femenina que contrastaba con su gran volumen agradeció a Belladona, transformado en don Livio, el haber reservado para ellos ese objeto y le extendió un talón por 50.000 dólares, lo que hacía de esa agenda la pieza mejor vendida.
Antes de que Belladona saliera al banco a hacer efectivo el talón en su cuenta, me dio las gracias y me prometió que pasara lo que pasara jamás saldría mi nombre en este tema, y que algún día se acordaría de mí y sería generoso.
¿Cumplió su promesa? Se apresuró a preguntar Tom.
Por supuesto, Pasquale había aprendido a ser un caballero. Livio Dell'Ana no mencionó a su amigo napolitano en ninguno de sus testamentos; así que cuando los herederos fueron a ver las arcas, las encontraron vacías. Los abogados contratados por esos herederos comenzaron un largo juicio contra Pasquale Belladona, que vivía su jubilación alegremente en Montecarlo, sostenido que el dinero de la herencia Puccini que estaba en su poder.
Durante el juicio a principios de los años 90, jamás salió mi nombre, por lo que intuyo que Belladona fue extremadamente discreto, después de todo yo había sido testigo de toda la operación, incluso cómplice de la misma. El tribunal reconoció un posible delito de apropiación indebida que, sin embargo, resultó amnistiado, y negó en cambio que Belladona abusara de una presunta incapacidad de su amigo. Recuerdo que la prensa trató el tema con cierto tabú y decían: "No hablamos de incapacidad del abogado Dell'Ana, sino de un estado de subordinación psicológica hacia Pasquale Belladona, con el que mantenía una relación particular".
Se intentó después contentar a todos, Simonetta Puccini, convertida ya en la heredera legal tras ser reconocida como hija de Tonio Puccini, se quedó con la casa de Torre de Lago y creo la Fundación Simonetta Puccini que gestiona el museo y actos culturales, y el estado italiano se quedó con todos los derechos de autor de la obra del compositor.
Así que Belladona fue realmente el que disfrutó la parte más material de la herencia, susurro Tom pensativo. La mujer le sonrió, con nostalgia - le confieso que Belladona se gastó prácticamente todo, pero para mi sorpresa cuando falleció hace ya dos años recibí una buena cantidad de dinero en herencia, los restos que quedaban después de una vida de lujo y despilfarro. Su abogado me envió una carta que Belladona había escrito para mi en su lecho de muerte, eran sólo unos versos: Ditemi voi, signori, se i quattrini di Puccini potevan finir meglio di così? Per questa bizzarria m'han cacciato all'inferno... e così sia; ma con licenza del gran padre Dante, se stasera vi siete divertiti, concedetemi voi...l'attenuante!
Tom sonrió al reconocer el final de Gianni Schiscci, y se apresuró a preguntarle que había hecho ella entonces. Aplaudí y me quede con el dinero.
Habían pasado dos horas desde que se habían sentado en la terraza del café. Las piernas de Tom empezaban a estar agarrotadas y pensaba que lo mismo le estaría pasando a la mujer, así que le propuso caminar un poco. A ella le pareció una buena idea y le pidió que la acompañara hasta su coche pues ya era hora de pensar en partir hacia su casa en Pissa. Tom le confesó que la historia le había enganchado pero que estaba esperando que le hablara del contenido de la agenda, de ese manuscrito del maestro sobre China. El manuscrito Turandot, sentenció la anciana tajantemente.
Bien, le diré que la agenda negra me llamó la atención desde que la descubrí, y que me dediqué a leerla durante los descansos de aquellos meses en los que trabajé en Montecarlo clasificando todos los documentos. Eran anotaciones de puño y letra de Giacomo Puccini sobre una historia que el había visto en algún lugar, y que había copiado a ese cuaderno. Al leerlo daba la impresión de que había sido traducido, ya que en algunos puntos faltaban algunas palabras o se encontraban escritas en otra lengua y entrecomilladas, como si estuvieran pendientes de traducir.
¿Y había algún dato sobre el origen de la historia? La señora Ferrara recordaba perfectamente que en ninguna parte del texto se hacia referencia a su origen, aunque por las palabras sin traducir pensaba que era español, y le aclaró que recordaba que en la primera pagina había escrito: Anotaciones para una posible ópera, 1917. Y ya sé que me dirá que los primeros bosquejos de Turandot conocidos son dos años posteriores, cómo no voy a saberlo si yo misma los tuve también en mis manos en aquella casa de Montecarlo.
La historia era simple y a la vez inquietante. Estaba contada con cierta musicalidad, y era una especie de relato épico. En ella se narraba como un grupo de hombres salieron de Pekín, de la enorme ciudad palacio, donde gobernaba un sabio emperador. El emperador manda a estos hombres a recorrer del mundo, en busca de conocimientos para su corte, y sobre todo en busca de un posible marido para su hija. Debe de disculpar que no recuerde el nombre de la princesa, pero ya se supondrá que no era Turandot. Ambos rieron, la mujer continuó hablando mientras pasaba su brazo por el de Tom, y caminando despacio los dos salían de la plaza san Michele, simulando una tierna estampa familiar.
La princesa tenía un carácter imposible para los hombres, sometía a peligrosas pruebas a sus pretendientes, y siempre conseguía excusas para rechazarlos a todos. Tom preguntó interrumpiendo el cuento: ¿Mandaba decapitar a los pretendientes rechazados? La señora Ferrara rió abiertamente. Le confieso que no, por lo menos el escrito no lo mencionaba. Más bien lo que la princesa quería es que nadie se acercara a ella por su posición real, sino por su valor como mujer culta y sensible.
El relato se centra más bien en la historia de los embajadores chinos, de cómo van atravesando el mundo, buscando los reinos más remotos. El protagonista llega a España, por aquel entonces dividida en varios reinos, cristianos y musulmanes. Es portador no solo de credenciales imperiales, sino de algo muy valioso como muestra de la riqueza de su emperador. Al final el embajador chino se encuentra en la corte de Castilla y allí conoce a un joven noble aventurero con el que traba amistad y en el que cree encontrar el candidato perfecto. El aventurero queda deslumbrado cuando el chino le enseña el tesoro, y decide partir hacia Pekín, para lo que trama una historia rocambolesca con la reina de Castilla a fin de conseguir los barcos necesarios para ir a esas lejanas tierras.
Tom se detuvo y se quedo mirando con una mueca algo estúpida a la señora Ferrara. Si, mi querido joven, habló de Cristóbal Colón.
servido por aventurainternauta
sin comentarios
compártelo
26 Mayo 2009
La madre Josephine le había despedido precipitadamente al comprobar que era la hora de la oración del medio día, y después la comunidad se dispondría a comer y dedicaría la tarde a sus quehaceres y sus rezos. Así que Tom quedó citado para la mañana siguiente y se dio prisa en volver a Lucca para renovar su estancia en el hotel al menos un día más.
Mientras bajaba desde Vicopelagio a la ciudad le dio la impresión que un coche negro le seguía, acaso no había visto ese coche antes aparcado a la puerta del hotel...
Llegó muerto de hambre, pensando en qué sabor de hierbas, tomate y queso alegraría hoy su paladar...así que cuando pensaba atravesar la recepción directamente al restaurante se sintió molesto cuando una voz femenina gritaba su nombre. Signore Tomas de Vivonne, Signore de Vivonne, escusi...Una señora alta, delgada y con el pelo encanecido recogido en un gran moño se aproximaba a él apresuradamente. Casi como defensa ante ese ataque Tom se apresuró a decirle que no hablaba italiano, a lo que ella contestó en un inglés italianizado que no importaba, que hablaba perfectamente su idioma.
Y dígame signora, en qué puedo ayudarla - el olor que llegaba desde el restaurante hacía que Tom mirara de reojo la puerta entreabierta, intentando visualizar los platos que los camareros estaban llevando hacia las mesas - ahora me disponía a comer....La mujer se sintió un poco incomodada, pero con educación y bajando el tono de voz le susurro: soy Antonia Ferrara, y puedo darle más información sobre la herencia de Puccini que la que consiguió de su nieta.
Tom le contestó sin recapacitar: ¿De cual de ellas? La mujer se sorprendió en un principio pero se sintió satisfecha al comprobar que el americano ya supiera que la descendencia del compositor era mayor de la que figuraba en el registro civil.
- No deseo entretenerlo, creo que esta haciendo un estudio sobre el maestro y quizás le pueda ayudar en algo. Tom pensó que otra historia más no le resultaba ya sorprendente, y sintió gran curiosidad por saber como se había enterado esa mujer de su estancia en Lucca y de su investigación, pero sus jugos gástricos mandaban más que su voluntad y no pudo evitar rogarle que se vieran esa tarde y charlar sobre el abuelo Giacomo. Se citaron a las cinco en la Plaza de San Michele, en el café di Frediano.
Le gustaban las plazas de Europa, parecían hechas para pasear, pensaba Tom. Aquella en concreto, con la imponente iglesia de San Michele en el centro, le resultaba especialmente atractiva y al pasar a su lado pensaba en el pequeño Giacomo cantando en su coro. Buscó el café donde se había citado con la misteriosa señora del cabello blanco y la encontró sentada en una terraza, delante de un humeante capuchino, camuflada detrás de sus enormes gafas de sol. Después de saludarse y mientras el camarero lo atendía se fijo detenidamente en ella; no tendría más de 70 años, vestía de forma sobria pero elegante, y algo en ella decía que había visto mucho mundo a pesar de su discreción.
Antes de nada - comenzó Tom - me gustaría saber cómo ha sabido de mi. Bien, suspiró la mujer, recibí una llamada de teléfono de Albano Casalotti hace dos días. El es un antiguo conocido, de los viejos tiempos. Su voz sonaba melancólicamente, como si su memoria estuviera llena de recuerdos de otra época y se resistiera a la realidad de tener que vivir actualmente. Tom recordó inmediatamente al signore Casalotti, gerente del Museo Casa Natal de Puccini, y se sorprendió pues creía que este ya le había contado todo lo que sabía extraoficial sobre el compositor.
La señora Ferrara continuó: Casalotti me llamó por que usted mostró interese en concreto por la existencia de algún documento sobre la ópera Turandot, algún documento original de Puccini me refiero.
Bueno, verá, es muy difícil de explicar lo que buscó, por que yo mismo no sé lo que es. Digamos que por unas determinadas casualidades que me han ocurrido en los últimos meses he llegado a la conclusión que Puccini guardaba cierta información sobre esa ópera que desapareció tras su muerte. No sé a que se puede referir, si es algo musical o histórico, pero creo que ciertos documentos que el autor de Turandot manejaba mientras trabajaba en la obra desaparecieron por algún motivo.
La Ferrara quedó en silencio mirando fijamente a los ojos del americano, sorprendida le contestó: yo he visto esos documentos.
Bien, querido amigo, y permítame que lo llame así por que creo que usted persigue aclarar determinados temas que desde hace muchos años me atormentan a mi también. Esperaba antes de que llegase mi hora que alguien mostrara interés por la historia que inspiró a Puccini la ópera Turandot, y ya había perdido la esperanza de que apareciera alguien dispuesto a saber la verdad. Pero antes he de comenzar por el principio. Como bien sabe el único heredero reconocido legalmente por el maestro fue su hijo Antonio, conocido en la familia por Tonio. Apenas lo recuerdo, era una niña cuando el falleció. Pero si recuerdo todo los problemas que surgieron tras su muerte.
Tonio no había heredado el más mínimo talento musical, dedicó su vida principalmente a controlar la de su padre, evitando que los amoríos del celebre compositor salieran a la luz pública, sin dudar incluso en enfrentarse y recriminarle su conducta en muchas ocasiones. Por que tal y como le habrá contado Casalotti, Puccini era un enamoradizo compulsivo, usando sus amantes como fuente de inspiración continua. Pero eso es otra historia y no quiero perderme en algo tan lejano. Como le decía Tonio no heredó el talento de los Puccini, aunque si su donjuanismo. Creo que ya ha conocido a la señora Simonetta, y sabe que en realidad es hija ilegitima de Antonio Puccini. Yo le debo contar que Tonio nunca reconoció a esa niña, al menos oficialmente, y de hecho a la hora de morir en 1946 dejó toda la herencia, imaginase de que estoy hablando, a su esposa Rita Dell'Ana, la cual, a su vez, se lo transfirió por testamento a su hermano Livio, pues Rita y Tonio no habían tenido hijos, y esta no quería que la bastarda de su marido se quedara con nada.
Mi familia y la familia Dell´Ana estuvieron siempre muy unidas, y yo puedo decir que doña Rita fue para mi siempre como una tía. Cuando murió en 1979 yo estaba apunto de cumplir 40 años, y hacia más de 15 que trabajaba como secretaria en el bufete de su hermano Livio.
La historia estaba resultando entretenida para Tom, sobre todo por que la señora Ferrara resultaba ser una gran narradora, y lo tenía totalmente atento a sus revelaciones.
Desde que entré en el despacho de don Livio Dell´Ana me di cuenta que este hombre no era exactamente como yo pensaba cuando de niña lo veía en casa de mis padres, alegre, encantador, con un aire cuidado y elegante, siempre con aspecto de galán. De hecho ahora me río al pensar que en los primeros meses de trabajo en su oficina temía el momento de quedarme a solas con él, pues estaba convencida que en cualquier momento se me insinuaría. Después, sin querer, lo descubrí todo. Su matrimonio era una simple fachada y su imagen de conquistador una tapadera para camuflar sus verdaderos gustos amorosos.
Tom nunca hubiese pensado que la historia tomase estos matices tan escabrosos, y se regocijaba internamente de los elementos folletinescos que iban apareciendo según doña Antonia hablaba.
Don Livio estaba enamorado, ahora lo sé seguro, de un napolitano, Pasquale Belladona, desde que lo conoció alrededor de 1950. Cuando yo entré a trabajar con él, Pasquale era un amigo de mi jefe, y a todo el mundo le sorprendía esa amistad por la diferencia de estilo y clase social; para mi era una mala influencia para don Livio al que imaginaba empujado a aventuras amorosas en fiestas nocturnas por todos los cafés y salas de baile de la ciudad. Descubrí repentinamente la verdad una tarde de sábado lluviosa, nunca lo olvidaré. Volví a la oficina después de comer para terminar un trabajo necesario para el lunes y que no me había dado tiempo a finalizar; cuando estaba concentrada en ello sentí que alguien entraba y reconocí la voz de mi jefe y de su amigo Pasquale. Por temor a que me riñera por estar allí sin permiso o por no haber hecho el trabajo a tiempo, me quedé en silencio dentro de la sala donde trabajábamos las secretarias, y dejé que ellos pasaran al despacho. En mi silencio escuché los sonidos del sexo entre aquellos dos hombres, y como si mi mente no quisiera creerlo fui despacio a lo largo del pasillo, acercándome a la puerta entreabierta del despacho de don Livio, hasta que en el espejo de la pared vi reflejado el interior de la estancia. Allí estaban los dos desnudos, Pasquale encima de Livio empujando con fuerza sus caderas sobre él. En un momento me pareció que Pasquale miraba hacia el espejo y me descubría, y con el mismo silencio que había llevado hasta allí salí de la casa.
Cuando llegué a la calle corrí por la ciudad casi durante una hora sin poder parar a pensar lo que había sucedido aquella tarde. El lunes entré en el bufete convencida de que una carta de despido estaría sobre mi mesa, pero lo que me encontré fue la misma naturalidad y amabilidad de siempre por parte de mi jefe. Así que yo nunca dije nada al respecto; nunca sabré si don Livio sabía o no que yo conocía su secreto. Pero si sé que su amante me había visto aquella tarde, pues desde entonces cuando nos cruzábamos me guiñaba un ojo en actitud de complicidad.
Querida señora, interrumpió Tom, su historia me esta resultando fascinante, pero no acabo de ver que relación tiene conmigo. Permítame que continúe, respondió la mujer, es necesario contar todo para comprender todo.
Como le decía cuando Rita muere en 1979 deja toda su herencia a su hermano Livio, y le aseguro que no era una cuestión baladí. La herencia de Giacomo Puccini se valoraba en aquel entonces en más de 40.000 millones de liras. Tom realizó un cálculo rápido para hacerse una idea de lo que suponía esa cantidad; su calculó rondaba los 20 millones de dólares, unos cuantos menos de los que se estimaban en el momento del fallecimiento del músico, pero a pesar de ello, una importante suma de dinero.
La sorpresa de la buena sociedad fue que al recibir el legado Livio y Pasquale, ambos casados, dejan a sus respectivas familias, abandonan todo, trabajo, hijos, amigos, y se instalan juntos en un piso en Milán, como señor y mayordomo oficialmente, dedicándose a una vida de lujo y viajes.
Finalmente se mudan a Montecarlo y supongo que la vida de los dos sería feliz. En el verano de 1985 recibí una llamada de teléfono de Pasquale Belladona, el cual con un tono muy amable me dice que Livio y el necesitan resolver determinados asuntos legales, y que debido a su edad necesitarían de una secretaria que los ayudara, ofreciéndome por mi trabajo un sueldo al que no pude decir no.
Cuando llegué a la casa que compartían en Montecarlo me sorprendió el lujo en el que vivían y también como los años se habían cebado con ellos, arrugando y secando sus cuerpos que yo recordaba fuertes. Don Livio tenía la expresión de la muerte en su cara, alguna dolencia interna lo estaban consumiendo poco a poco.
El napolitano me enseñó el primer día cual sería mi trabajo. Clasificar y catalogar todos los documentos y objetos que todavía poseían de Giacomo Puccini, mostrarlos a futuros compradores y cerrar las negociaciones de venta con ellos.
Partituras, cartas y postales, libretos manuscritos, fotografías antiguas, grabaciones en pesados discos de gramófono y rollos de antiguas películas. Ordené todos cronológicamente, clasificándolos en varias categorías según su rareza. Belladona ponía los precios a cada una de las categorías. Tom recordó la pequeña nota manuscrita de Puccini lujosamente enmarcada que se vendía en la tienda de la Met por 1.500 dólares.
Una noche, cansada de ojear documentos manuscritos que a veces resultaban difíciles de entender, encontré un pequeño cuaderno escrito por el propio maestro, puede comprender que a esas alturas de mi trabajo, conocía su letra perfectamente. En ella hablaba de una historia de la China Imperial del siglo XV, la historia que inspiraría la ópera Turandot.
servido por aventurainternauta
sin comentarios
compártelo
26 Mayo 2009
La princesa perseguía a Tom incansablemente, incluso hasta el interior de una remota clausura. Sintió cierto estupor, acaso era todo casualidad o alguien estaba orquestando su investigación para darse de cara una y otra vez con la dama de hielo. La madre Josephine se dio cuenta que la mente de Tom había quedado perdida en alguna parte cuando oyó la palabra Turandot, le indicó que se sentara sobre el pequeño catre de la celda y se ausentó un momento para volver con un gran vaso de agua. Beba, parece que se ha indispuesto repentinamente, le ordeno la monja con su elegante y refinado francés. Tom apenas pudo disculparse, aunque no sabía muy bien de qué. La superiora continuó la charla donde la había dejado antes de observar la sorpresa de su interlocutor.
Creo que usted se está preguntando desde que llegó por qué una francesa es la superiora de un convento en la Toscana. Tom respondió automáticamente: en realidad me llama más la atención su juventud que su nacionalidad. Sour Josephine se sintió por unos segundos ruborizada., pero continúo como si no hubiera oído la aclaración del canadiense.
Nací en Carpentras, en la Provenza, y no soy tan joven, he cumplido ya 39 años. Mi madre era soltera, y yo nací fruto de una alocada relación parisina en los tiempos de la revolución del 68. Nunca supe quien fue mi padre, claro que dudo mucho de que mi madre realmente lo supiera. La mirada de Tom mostraba tranquilidad a fuerza de concentrarse en ello y no pensar en lo extraño que le resultaba la situación, después de todo era una desconocida la que estaba contándole su vida. La monja miró por la ventana de la celda y de espaldas a Tom prosiguió: No quiero aburrirle, ingresé en las agustinas misioneras con solo 18 años, y a los 20 la congregación me destino a Hanoi, donde impartí clases de lengua y literatura francesa en el Colegio de las Madres Agustinas del Vietnam, y con 30 fui nombrada directora de un centro similar en China, en la región de Shanxi, al sur de Pekín. Después de 15 años en las misiones la orden permite el regreso a la casa matriz si se desea, y acepté volver. Buscaba la tranquilidad después de tantos años en oriente, y así regresé a Francia. Pero cuando llegué, como si fuera un capricho divino, estaba vacante la plaza de superiora de este convento, y yo era una de las candidatas a ocuparla. Toscana es tan similar a mi tierra natal que no lo dude. Y aquí estoy, al mando de este olvidado cenobio ocupado por una docena de hermanas sexagenarias, y debe creerme si le digo que nunca he sido tan feliz como en estos últimos años en Italia.
Tom comenzó a relajarse; notaba como la superiora deseaba hablar por encima de cualquier cosa, y entendía que después de quince años de vida agitada, el silencio de una clausura debía resultar demoledor. Se vio con la obligación de participar de forma activa en la conversación y casi sin querer le preguntó ¿y fue aquí donde descubrió a Puccini?
- Jamás había oído una ópera antes de llegar a este país. Cuando una hermana me estaba enseñando el edificio el primer día de mi llegada y me mostró la sala del piano, le pregunté asombrada que si se impartían clases de música en el convento, menos mal que por aquel entonces mi italiano era torpe y no me entendió. Cuando me habló de Sour Angélica no sabía a quien se refería.
Así, matando las horas perdidas entre nuestros rezos empecé a estudiar la vida del singular personaje que había habitado esta celda una temporada de su vida. Después llegó la música. Diciendo esto la madre Josephine sacó del misterioso pliegue de su hábito en el que guardaba las llaves un iPod y mostrándolo en la palma de su mano sentenció: 32 gigas, aquí están las óperas del maestro.
Y dígame, ¿cómo ha realizado estos estudios? Preguntó admirado Tom. La monja se sentó enfrente a él, en la silla situada al lado del pequeño escritorio cargado de papeles y libros. Querido amigo, primero debe decirme qué es lo que usted busca aquí, me di cuenta que no era el típico turista despistado, ni el mitómano obsesivo que nos suele visitar de cuando en cuando, usted parece que busca algo en concreto, y creo que conoce perfectamente lo que Puccini hizo aquí.
Tom disculpándose le aclaró que en ningún caso quería perturbar la tranquilidad de la clausura, y que había llegado al convento por no dejar nada sin atar en torno a una investigación que estaba llevando a cabo desde hacía unos meses y que había surgido en la ópera Metropolitana de Nueva York, donde trabajaba. Esas palabras resultaron tranquilizadoras para la superiora, que con un gesto le indicó que prosiguiera. Así que Tom no tuvo más remedio que contarle todo su periplo desde América a Italia, en busca de algo que quizás no existiese, algo relacionado con el manuscrito original de Turandot. Puede imaginarse - dijo Tom con la voz quebrada por la emoción - como me sentí cuando me comentó que precisamente esta ópera había empezado a fraguarse en esta casa. La verdad, cronológicamente tenía entendido que los primeros apuntes conservados son posteriores a la estancia del maestro en el convento.
Efectivamente, replicó Sour Josephine, cuando Puccini llega aquí ya ha terminado Il Tabardo y Sour Angélica ya tenía argumento, y posiblemente se estaba escribiendo la música y las modificaciones al libreto. Su idea de hacer tres óperas de un solo acto que completasen Il Tabardo ya estaba en su cabeza, aunque realmente hay muchas dudas sobre el verdadero sentido de Il Trittico. Son obras tan diferentes que cuesta mucho creer una conexión entre ellas, por eso se acepta la versión de que representan cada una de las partes de la Divina Comedia de Dante, así el infierno de las pasiones humanas en Il Tabarro, el purgatorio de nuestra querida Suor Angélica y el paraíso con la cómica Gianni Schicchi.
Lo cierto es que la idea del maestro era pasar aquí simplemente dos o tres días para comprobar la manera de vivir de las hermanas en su recogimiento, sabiendo que aunque la ópera transcurre en el siglo XVII, las cosas en las clausuras no han cambiado tanto con el paso de los años. Pero quizás por que se encuentra cómodo dentro de los muros, quizás por que encuentra algo interesante, Puccini permanece enclaustrado más de tres semanas, en las cuales termina la ópera.
Pero...por qué cree usted que aquí dentro surge la idea para hacer Turandot, le interrumpió Tom. La monja continuó su relato, usando sólo la interrupción del joven canadiense a modo de pausa dramática.
Sour Iginia Puccini - la monja señaló la foto que estaba colgada en la pared encima de Tom - se encontraba encantada de tener a su hermano en su casa, y se preocupó de darle toda la información que el podría requerir para completar Sour Angélica. El maestro se llevó todas sus anotaciones cuando se marchó, pero en mis investigaciones he llegado a la conclusión de que la idea de Turandot surgió aquí, aunque como bien sabe usted las primeras notas escritas sobre la obra son de 1919, dos años después de su estancia en el convento.
Tom ya se había dado cuenta que sus opiniones de poco servían, y que incluso las aceptaciones que por educación hacia mientras la superiora hablaba eran totalmente ignoradas, así que decidió esperar a que la monja terminase para pedir aclaraciones si es que estas fueran necesarias.
Fíjese en este libro, una joya, una rareza exquisita...estoy segura que por este libro se pagaría más que por todo el convento. Tom sopesó el enorme volumen que apenas se podía sostener entre las dos manos de una persona. Jamás había visto un libro así, ni entre el atrezzo más fantástico se usaría algo de semejantes dimensiones. Lo volvió a colocar sobre el atril de forja que la monja había colocado en la esquina de la habitación y que se iluminaba directamente por la ventana. Acarició la cubierta de fino cuero, que desprendía un característico olor a piel curtida, a pesar de la pátina acumulada durante siglos sobre ella. En ese momento Sour Josephine le aclaró: cuero repujado español, posiblemente del siglo XVII.
¿De qué se trata? La pregunta era la señal que esperaba para seguir con su charla. Estaba claro que los años dedicados a la enseñanza habían marcado una peculiar forma de expresarse y que el aburrimiento del convento la había llenado de ganas de hablar con un interlocutor más interesado en estas cosas que el resto de la congregación.
Es un libro español, una rareza...es imposible saber como llegó hasta aquí...aunque tengo mis teorías. Puede que fuera un regalo entre algún convento de agustinas español y esta casa. Después de todo la orden de las Agustinas Recoletas se fundo en Madrid a finales del siglo XVI y desde España se extendió a todo el mundo. Puede que incluso este libro forme parte de la dote fundacional que en el siglo XVII acompañó a algunas monjas españolas para fundar este convento de Vicopelago.
Tom impaciente abrió el libro por su primera página y comprobó que estaba escrito en latín. La monja al mismo tiempo se lo aclaró: Es latín.
Aparentemente se trata de una historia sobre la formación de la orden, los preceptos de san Agustín y la regla que debe seguir la comunidad, desde las oraciones hasta especificar como debe ser nuestro hábito. Pero en realidad si se intenta leer con detenimiento se comprueba que no son más que manuscritos que giran en torno al mismo tema pero sin una continuidad marcada. Como si alguien los recapitulase, viendo que en ellos se habla de san Agustín y de la orden de las agustinas, y los encuadernase en fina piel para hacer un regalo, pero sin comprobar realmente su contenido. Quizás se hacía eso pensando que nadie leería estos libros, que se convertirían solo en elementos decorativos de los nuevos conventos.
¿Y en este texto español del siglo XVII se cuenta la historia de la princesa Turandot? Tom estaba siendo un poco irónico, aunque no quería que se notara su desconocimiento sobre la historia de Europa, de la que se había llevado más de una vez alguna sorpresa.
Sour Josephine respiró profundamente, se levantó de la silla y como si realizara algo litúrgico entreabrió la ventana, la luz de la mañana toscana llegó a todos los rincones de la celda y las partículas de polvo en suspensión se hicieron visibles flotando en el aire cálido. Abrió el texto por una página señalada con una enorme cinta roja ajada por los años.
- Fíjese es español antiguo, posiblemente del siglo XVI, esta escrito en verso. Es un texto en el que se cuenta la historia de un peregrino llegado de oriente a Castilla, procedente de la corte de un gran emperador amado por su pueblo. Describe un inmenso palacio recién construido para ejercer el poder divino del emperador; y habla de una princesa, hija del emperador, que tenía una enorme lista de pretendientes pero que rechazaba a todos alegando defectos en cada uno de ellos, como su falta de cultura, o su brusquedad, o su ambición por ser en el futuro emperador. ¿No le parece curiosa la historia?
Pero antes de que Tom contestase, la superiora continuó: No obstante mi gran sorpresa fue descubrir estas páginas al final del libro, apergaminadas y ligeramente más gruesas que el resto. En ellas no había escritura, sino multitud de símbolos indescifrables adornados con elementos geométricos de aspecto oriental. Ante la mirada atónita de Tom, sour Josephine le aclaró: Es chino.
servido por aventurainternauta
sin comentarios
compártelo
23 Mayo 2009
Tenía que ver el paisaje de la Toscana nuevamente: los múltiples tonos de la tierra dorada y ocre, salpicada de olivos y cipreses; las pequeñas aglomeraciones de casas y las villas aisladas en los cerros; sentir el sol en su rostro y oír el imparable chirrío de las cigarras. Tomó la carretera de Pissa y le molestó encontrarse con tanto tráfico que perturbaba la imagen que el quería ver esa mañana. No tuvo más remedio que tomar una desviación, y luego otra, y después otra más, hasta que se sintió perdido entre las suaves colinas. Se bajó del pequeño Fiat y se quedó mirando el paisaje, reteniendo en su memoria aquella experiencia luminosa.
Cuando se dio cuenta ya pasaba de las once y media y quería hacer la última visita en Lucca antes de partir de Italia. Con cierta desgana se dejó llevar por la serpenteante carretera que bajaba hacia la ciudad atravesando Vicopelago. Tras preguntar a los primeros lugareños encontró sin problemas el Convento de las Madres Agustinas.
Se dirigió hacia la entrada pensando cómo podría hacerse entender con unas monjas italianas con su deficiente dominio del idioma. Pero no tuvo ningún problema para que le dejaran entrar en la clausura; quizás por que estaban acostumbradas a los visitantes curiosos que venían preguntando por Puccini, quizás por que la portera no había entendido nada y esperaba que alguna hermana del interior comprendiera mejor la mezcla de italiano, ingles y francés que Tom había usado.
Esperó sentado interminables minutos en un banco de madera, en un amplio pasillo abierto a un claustro, cubierto de azulejos que brillaban en multitud de destellos azulados. Observó las rosas en el jardín, el continuo piar de los pájaros y entre todo aquel silencio distinguió el chorrear de un pequeño hilo de agua, procedente sin duda de alguna fuente oculta entre las plantas. Una suave voz femenina hablando un exquisito francés lo sacó de su viaje por el claustro. Cuando se volvió hacia ella le sorprendió observar aquel bello rostro enmarcado por la cofia blanca y cubierto por los velos negros del hábito.
La madre Josephine era demasiado joven para ser superiora, pensó rápidamente Tom. Pero la amabilidad de la monja lo tenía sumido en un silencio que no se atrevía a romper por si decía algo que incomodara a su anfitriona; evidentemente no estaba acostumbrado a hablar con monjas, ni siquiera comprendía muy bien en que consistía serlo. Su desconocimiento del catolicismo lo llevaba a no saber manejar bien la situación.
La joven superiora le hizo seguirla a través del patio del claustro ajardinado, preguntándole coloquialmente por su origen, comentando el hermoso día soleado que hacía y alabando la belleza de las flores que se iban encontrando. Al llegar al otro extremo del claustro, sacó un manojo de llaves de entre sus vestiduras y seleccionando una de ellas abrió una gran puerta, que aparentemente era muy pesada. Tom la ayudó a deslizar la hoja de madera, y la madre Josephine le indicó que se sentara en una de las sillas que se encontraban en la amplia sala, ordenadas en semicírculo alrededor de un antiguo piano de pared.
Tom que todavía no había articulado más que monosílabos asintiendo a las afirmaciones de la monja, se quedó sentado en la silla, mirándola fijamente y después de comprobar que ella seguía sonriéndole con cara de satisfacción, le pregunto: ¿Y?
Aquí es - Contestó la superiora - esta es la sala. Tom le dijo que no entendía a que se refería. Ella repitió: Aquí se estrenó por primera vez Sour Angélica.
Entonces era cierto, Puccini una vez terminada la ópera y antes de entregarla a los productores teatrales la había estrenado en versión piano para las monjas del convento donde había pasado una temporada documentándose sobre el ambiente de una clausura femenina.
Tom se levantó de la silla y mientras caminaba hacia el piano la melodía del aria final de Sour Angélica resonaba en su cerebro. Cuando abrió la tapa del teclado preguntó con un gesto silencioso a la monja si podía tocarlas. Sour Josephine asintió con una sonrisa, había algo en aquel turista diferente al resto que solía aparecer por el convento.
Tom sintió que se estremecía cuando acarició las teclas: Puccini había trabajado en ese instrumento, había creado melodías con él, de él había salido por primera vez la ópera Sour Angélica.
La madre Josephine se sentó en la silla más cercana al piano, y le preguntó si quería tocar algo. Tom no lo dudó, sus manos se deslizaron torpemente reproduciendo la única melodía pucciniana que podía tocar de oído, un Nessun Dorma en interpretación libre y demasiada lenta.
La monja rompió a aplaudir al terminar la pieza, hasta que el sonido que salía de sus manos la sobresaltó. Se detuvo bruscamente y contuvo una picara sonrisa, como una niña que ha hecho algo que sabe que esta mal, pero que no ha podido evitar. Tom sonrió también y sintió que el hielo que había marcado el ambiente de la visita se estaba fundiendo. Entonces tomó la palabra y le preguntó que le podía decir de la estancia de Puccini en el convento. La superiora le rogó que lo acompañara y mientras volvían sobre los pasos que los habían llevado a la sala del piano le fue contando lo que ella conocía de esa historia.
Este es el antiguo refectorio, en la actualidad sólo se usa para mostrar a los pocos turistas que llegan al convento interesándose por la historia de Sour Angélica, el piano del maestro. Aunque es cierto que ahí mismo se interpretó la obra por primera vez, el refectorio volvió a ser después el comedor de la comunidad, como había sido siempre. Durante la guerra se usó como hospital de campaña. Cuando se hicieron las reformas en los años cincuenta, las dependencias comunes se ubicaron en el ala sur, totalmente reformada, y esta sala pasó a guardar innumerables trastos que ya no servían para nada. En los 70, el párroco, aprovechando el interés que empezaba a suscitar la figura de Puccini, rescató de la sala el antiguo piano que el propio compositor había comprado para trabajar en el convento y que posteriormente donó a la casa. Limpió y restauró todo el refectorio y recreo el ambiente que tuvo que existir allí esa noche de 1917 cuando Puccini llevó a un grupo de cantantes para que interpretaran la ópera ante las hermanas.
Esto es lo que mostramos al público, nada más, es lo que la gente quiere ver. Dejan un donativo a la comunidad, que suele ser bastante escaso y se marchan. Eso es todo.
¿Y hay algo más que ver sobre Puccini y las madres agustinas de Vicopelago? Preguntó Tom con cierta ansiedad, pues intuía en el tono de la monja que sí existía algo más en el convento.
La madre Josephine con Tom persiguiéndola a pasos acelerados, siguió por el claustro hacia el interior del convento en vez de atravesar el jardín hacia la puerta de entrada. Cuando llegué de las misiones hace ya cuatro años, para dirigir esta casa, quise ponerme al día en todo lo referente a la vida de Puccini y su obra, lo cual me resultó muy duro, pues carezco de formación musical. Tom pensó que eso explicaba el entusiasmo con el que había aplaudido su mediocre interpretación pianística. Lo cierto es que el tema me atrapó por completo y rebuscando en mis tiempos libres llegué a saber muchas cosas sobre la estancia del maestro en esta casa.
Volvió a sacar el gran manojo de llaves de entre los pliegues del hábito y abrió la primera celda de la galería. Mandó Pasar a Tom al interior y cerró la puerta tras él. Esta es la celda que uso el compositor durante su estancia en el convento. Tom observó que era en si un pequeño museo dedicado a la memoria de Puccini que la monja francesa había ido creando los últimos cuatro años.
En la pared enfrente al catre dos fotos antiguas mostraban a un Puccini poco habitual. En la primera, con su enorme bigote, enfundado en una gabardina y con unos guantes sin dedos posaba al lado de un imponente Lancia, haciendo ademán de subir al coche para conducirlo. En la segunda, permanecía sentado al piano que Tom reconoció inmediatamente como el que acababan de ver en la sala anterior, de pie a su lado una monja le ponía la mano en el hombro con un gesto maternal. La madre Josephinne se adelantó a la pregunta de Tom y le aclaró que se trataba de Sour Iginia Puccini, la hermana del compositor y antigua abadesa del convento.
Puccini llegó a Vicopelago en abril de 1817, a instalarse en el convento durante una temporada, para observar la vida de las monjas de clausura y así poder tener de primera mano la información que el necesitaba para recrear una comunidad de religiosas en la ópera en la que estaba trabajando: Sour Angélica. Como sabe el argumento no se basa en ninguna obra literaria previa. Fue el propio libretista Giovacchino Forzano al que se le atribuye la idea del argumento, pero lo cierto es que la tradición del convento cuenta que cuando las hermanas vieron la obra en el refectorio, algunas de ellas se vieron fielmente reflejadas en los personajes de las monjas, por lo que me hace pensar que Puccini influyó en el libretista a la hora de crear a los personajes. Tom sabía ya que eso era algo típico del compositor.
Puccini termina la obra y se marcha para controlar el estreno de La Rondine, pero promete a Sour Iginia volver para mostrar a todas las hermanas la obra en la que trabajo esas semanas en la clausura. Y así lo hace, dos meses después prepara la representación completa de la obra, y todas las hermanas se emocionan con la historia...
Tom observaba el resto de enseres que había por la celda, libros antiguos, cajas con legajos de papel enmohecido, partituras manuscritas...La superiora continuó: Seguro que todo esto que le cuento usted ya lo sabía, pero lo que seguro que desconoce es que fue entre estos muros donde se fraguo otra de las óperas más importantes del maestro de Lucca: Turandot
servido por aventurainternauta
sin comentarios
compártelo