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La Coctelera

aventurainternauta

27 Agosto 2008

Johnny V

Los movimientos bélicos llenaron de ardor patriótico todo el país, y New York no iba a ser menos. Los hábitos y las costumbres se resistían a cambiar, pero era inevitable convivir con un aire nuevo en la ciudad. Los jóvenes procedentes de muchos estados limítrofes se desplazaron hasta allí para alistarse, las calles se llenaron de uniformes y en cada esquina se recogían donativos o se ofrecían voluntariados. Curiosamente el ambiente de felicidad y orgullo patriótico lo invadió todo, y como si se tratase de una gran fiesta los salones de baile se llenaban cada noche, el alcohol se consumía en grandes cantidades, y todos estaban ávidos de amor.

Claro que algunos participaban de la fiesta intentando pasar desapercibidos hasta que tarde o temprano el tío Sam se acordaba de ellos. Luigi recibió su citación a filas las navidades de 1941. Después del ataque a Pearl Harbor todos los hombres eran necesarios para mantener los dos frentes. Inmediatamente se fue corriendo a casa de su tío Tomasso, junto con su padre y su madre, que no cesaba de llorar, y que se lanzó a los pies de su cuñado agarrándose firmemente a sus pantorrillas y emitiendo unos alaridos que hacían resonar los cristales de toda la vivienda. Tomasso habló como patriarca de los Goretti y fue claro, Luigi tenía que incorporarse a filas, no se podía hacer nada para evitarlo; pero más aun, orgullosos deberían de estar de mandar un hijo a defender a su patria. Los padres de Luigi se miraron sorprendidos…su patria siempre había sido Calabria. Tomasso sentenció: Los tiempos han cambiado, ahora somos americanos, en un perfecto inglés que hizo sentirse a los pobres calabreses más confusos todavía.

No obstante Don Tomasso movió los hilos necesarios para que Luigi tuviera un puesto en la retaguardia e ingresara como interprete en el destacamento que pronto saldría embarcado hacia Europa, con destino quizás a esa tierra soñada por el joven de la que procedían sus padres y que el nunca alcanzaba a imaginar.

Pero si alguien cayó rendida a los pies de la madre patria desde los primeros días de la guerra fue Elsy. Seguía las noticias de Europa con auténtica devoción y el mismo día en que Paris fue tomada por los alemanes se alistó como enfermera voluntaria. Cierto es que en un primer momento se informó si existía algún tipo de cuerpo de animadoras, pero ante la mirada inquisitorial de la funcionara, rellenó el formulario para ser admitida en los cursos de preparación de enfermeras. A partir de marzo del cuarenta Elsy comenzó a asistir al hospital San Mary a un cursillo acelerado de enfermería, y después de tres meses, con el diploma en la mano, fue requerida para realizar otro de cirugía de campaña en el hospital naval. Para asombro de Gilda, que nunca pensó que la rubia fuera capaz de tomarse tan a pecho su vocación, Elsy dejó la ginebra y limitó sus actuaciones en el Tigger sólo al fin de semana; después de todo necesitaba alguna fuente de ingresos extras, pues el salario de una enfermera en prácticas era tan miserable que solo podía permitirle vivir dentro del propio hospital. Mademoiselle Martha no bajó la paga de Elsy a pesar de que sólo actuara dos días a la semana, y se volcaba en que a la joven no le faltara de nada, mostrando ahora una admiración por ella que nunca había sentido por su arte.

Johnny y Gilda no querían pensar en la guerra, solamente disfrutaban del nuevo ambiente de las calles, de los bares y los clubes. Como si el motivo no fuera algo desastroso y horrible, quizás por que pasaba en otros continentes, solo querían ver el lado amable y divertido en el que pasaban los días. Ellos eran el claro ejemplo de los ciudadanos a los que los recientes cambios beneficiaron claramente.

Gilda se había convertido en la cantante de moda entre los oficiales de la marina que todas las noches habían escogido el Tigger como local social. Muchas noches mientras cantaba una de sus canciones miraba a la sala desde el escenario y pensaba como los colores oscuros de los trajes de los caballeros que antaño llenaban el club habían sido cambiados ahora por las tonalidades militares, y decididamente creía que el caqui o el blanco no eran colores apropiados para la noche.

Johnny por su parte se había especializado en desplumar a jóvenes catetos procedentes del medio oeste que salían a malgastar su paga semanal por los garitos más turbios de New York. Los dados mágicos del chino seguían siendo muy útiles para ello. Luigi casi nunca lo acompañaba ya, aunque a Johnny le parecía que usarlo como gancho, vestido con su uniforme militar, le facilitaría más aun el trabajo. Pero el italiano estaba más taciturno que de costumbre, quizás era el miedo a lo que se encontraría en la guerra, a la muerte o a caer herido, a que lo hicieran prisionero…quizás no quería separarse de su familia, de la pequeña Italia donde había vivido sus 24 años, quizás no quería separarse de Johnny.

Por fin se fijó la fecha de partida de la unidad de Luigi hacia algún lugar del sur de Europa para finales de la primavera. Johnny se preocupó de pasar más tiempo con su amigo, pensaba que si lo mantenía entretenido no pensaría tanto en la guerra. Así que prácticamente a diario iba a buscarlo a casa de los Goretti, quedándose a cenar con la familia la mayoría de los días. Nunca notó ningún tipo de recelo por parte de los padres de Luigi, aunque en los últimos días si observaba cierta ironía muy mordaz en las palabras del tío Tomasso, que siempre insinuaba que lo normal sería que el irlandés se alistara antes de que fuera llamado a filas, así su honor quedaría a salvo tendiendo en cuenta que no iba a pasar mucho tiempo antes de que le llegara el reclutamiento forzoso. Lo que todos desconocían es que hacía unos días que la carta de reclutamiento ya estaba en el bolsillo de Johnny.

Gilda empezaba a sentirse un poco sola; Elsy pasaba cada vez más tiempo en el hospital, y Johnny con Luigi. ¿Serían celos aquel desasosiego que sentía por las noches cuando salía del Tigger y Johnny no había aparecido a buscarla? Esos pensamientos se desvanecían cuando al llegar Johnny a casa se deslizaba en su cama completamente desnudo y buscaba el contacto de su piel con la piel de Gilda, transmitiéndole su calor corporal, al que ella se entregaba por completo.

El último viernes de abril se festejo en el Tigger la fiesta de despedida de Luigi Goretti, que partiría el domingo hacia el frente de combate. Era inevitable acordarse de aquella primera noche en que Johnny y Luigi habían conocido a Gilda y a Elsy. Como aquella vez, la diversión duró hasta que el sol empezaba a poner sus brillos en los altos edificios del centro. El italiano estaba tan borracho que apenas podía tenerse en pie y su amigo, aunque más sereno, era incapaz de conducir. Así que fue Elsy, usando las habilidades que había aprendido manejando ambulancias, la que se encargó de dejar a los dos jóvenes en el pequeño hotel del puerto donde Luigi había reservado una habitación para pasar su última noche en la ciudad, ya que la idea de salir desde su casa con el petate entre los lloros de su madre y hermanas le resultaba imposible de afrontar.

Johnny llevó el cuerpo inerte de Luigi hasta la habitación, y lo tiró sobre la cama de forma brusca, principalmente por que era imposible manejar de otra manera el largo y fuerte cuerpo de Luigi. Se fue al baño y se refrescó la cara, se miró en el espejo y sonrió al comprobar que todavía estaba bajo los efectos del alcohol y todo parecía flotar a su alrededor. Después de tres abluciones en el lavabo empezó a ser más consciente de la realidad de la habitación.

Miró fijamente a Luigi, tirado tan largo como era en la cama, en una diagonal que lo ocupaba todo. Después de suspirar lentamente comenzó a desatar los botines de su amigo, luego el cinturón del pantalón, deslizó estos sobre las piernas, desabotono la camisa y volteando los hombros de Luigi se la quitó. Se puso de pie nuevamente y observó el cuerpo casi desnudo del joven italiano. Sin pensarlo deslizó los calzoncillos igual que había hecho anteriormente con los pantalones y agarrando cada calcetín con una mano, en un solo movimiento los quitó y arrojó al suelo, sobre el montón que había hecho con el resto de la ropa.

No pudo calcular el tiempo que estuvo de pie en silencio mirando fijamente aquella desnudez, cuando al final levanto su vista hacia la cara, comprobó que había despertado y que lo miraba sonriendo. Lejos de sentir vergüenza por la situación, Johnny se desnudo lentamente sin apartar la mirada de los ojos sonrientes de Luigi, y con toda la naturalidad de un amante se echó sobre él.

Ese sábado fue su día, sin salir de la cama pasaron las horas, alternado el sueño con la pasión, la dulzura de los besos con la fuerza del sexo. No se acordaron de nada ni de nadie, y casi sin darse cuenta amaneció el domingo. Los despertó el ruido de las gaviotas del puerto y los murmullos de los cientos de personas que se dirigían al embarcadero naval para despedir a los suyos.

Luigi volvió a la realidad de golpe, se levantó de un salto de la cama, y se metió apresuradamente en la ducha. Al salir se puso a recoger su ropa de una forma compulsiva sin apenas secarse. Johnny sin prestarle mucha atención se fue al baño y mientras el agua templaba su cuerpo pensaba que Luigi no estaría esperándolo cuando volviera al dormitorio; pero se equivocó. El italiano estaba perfectamente vestido con su impecable uniforme de infantería, con el petate a sus pies, su gorra en la mano, y sonriendo a Johnny orgullosamente.

Johnny se acercó lentamente a él, cubierto solo por una toalla, le quitó la gorra de la mano y se la colocó en la cabeza; se apartó dos pasos para comprobar como le sentaba el uniforme, y volvió a acercarse para ladear ligeramente la gorra. Sonrió a Luigi como solo el irlandés sabía hacer, y sus labios se rozaron, sintiendo el sabor amargo de la despedida en sus bocas.

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