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La Coctelera

aventurainternauta

11 Septiembre 2008

Johnny ( VI )

Los distintos grupos familiares que rodeaban a los soldados se movían agitadamente, denotando su nerviosismo ante la inminente partida. El puerto se convirtió en un fiel reflejo de la ciudad y así podían verse los italianos, los hispanos, los negros, los irlandeses, alemanes… y todos los grupos étnicos que conformaban el mosaico de la gran manzana. Los italianos destacaban por ser los más ruidosos, entre los llantos de las mujeres entradas en años y carnes y las voces de ánimo de los hombres. Daba la impresión que repetían las escenas que décadas atrás habían protagonizado ellos mismos cuando partieron para América desde algún lugar de Nápoles o Sicilia.

Los Goretti tardaron en localizar a Luigi que llegó al puerto con una cara de felicidad que contrastaba con las del resto de sus compañeros. Rodearon al joven y lo llenaron de besos, abrazos y bolsas de comida que las mujeres de la familia habían preparado la noche anterior. Johnny miraba la imagen a cierta distancia, sonriendo mientras se perdía en sus pensamientos. Entonces se les unieron Gilda y Elsy que llegaban apresuradamente cuando la megafonía ya anunciaba la formación de los jóvenes soldados en el puerto para pasar revista antes de embarcar. Gilda abrazó a Johnny emocionada al ver lo impresionado que estaba por la marcha de su amigo al frente; se sorprendía de encontrar ese sentimiento en su pareja, de descubrir una sensibilidad que pensaba que no existía en el irlandés. Elsy, que se había puesto su uniforme de enfermera sin otro motivo que el de estar acorde con los acontecimientos, se lanzó a los brazos de Luigi llorando, cuando este ya se había despedido de todos y buscaba su pelotón para formar filas ante el imponente barco que lo llevaría al frente. Un molesto silencio se hizo entre el grupo de mujeres Goretti que miraron a la rubia con desprecio y soberbia. Quién era aquella mujer que abrazaba a si a su bambino, acaso tenía Luigi una novia y nunca se lo había dicho. La señora Goretti incluso se planteó si debería ir y recoger en su regazo a la joven que lloraba desconsoladamente abrazada a su hijo, pero cuando comenzó a sonar una marcha militar se olvidó de la idea y se dispuso junto con el resto de la familia a ver pasar a su soldado rumbo a la pasarela por la que estaban subiendo al barco.

Cuando Luigi pasó al lado de los suyos solo extendió la mano para rozar los dedos de la mano de Johnny que había hecho el mismo gesto que él.

Mientras volvían caminando en silencio hacia su apartamento la ciudad parecía desierta, como si toda la vida se hubiera quedado en el puerto diciendo adiós a los hombres que partían al frente. Elsy no había dejado de sollozar, Johnny era incapaz de articular una palabra amable hacia las jóvenes, y Gilda estaba cada vez más enojada por lo violento que resultaba la situación. Llegó un momento, ya cerca de su casa, en que Elsy empezó a gimotear más ruidosamente. Gilda no pudo resistirlo y alzando la voz le exclamó: qué diablos te ocurre a ti. Elsy enmudeció unos segundos, y serenamente les comunicó que dentro de tres días ella también zarparía con destino a Europa. Los tres se abrazaron en silencio en la calle vacía, a unos pocos metros del portal de su casa. No había ningún sonido de ciudad aquella mañana de domingo, y los pájaros, reconociendo la primavera, cantaban en los árboles del bulevar.

Después de la partida de Elsy la soledad se apoderó de la vida de Gilda. No sólo la casa parecía vacía sino que la ciudad no era la misma que todas las tardes atravesaban las dos jóvenes desde hacia años camino del Tigger. Incluso este parecía más triste, claro que no era por la ausencia de Elsy solamente, sino por que la marcha de los militares era cada vez mayor, y en pocas semanas todas las familias tenían un hijo o sobrino en la contienda. Por lo cual la euforia con la que se había recibido la guerra dejaba paso, poco a poco, a un sentimiento de preocupación que se respiraba en todos los rincones.

Pero si algo había que desmoralizaba a Gilda era la ausencia continua de Johnny. Y no es que no estuviera físicamente a su lado, es que cada día estaba mas callado, absorto en sus pensamientos, se pasaba horas sin salir de casa, escuchando la radio y mirando por la ventana. Dejó de ir a jugar por las noches, dejó de ir a buscar a Gilda a la salida del club, dejó de hacerle el amor.

Una semana después de la partida de Elsy, Gilda conoció a Arthur Willson, empresario de un teatro de variedades y flamante representante de estrellas, que se había dejado caer por el Tigger buscando algo novedoso con lo que paliar la crisis que empezaba a sentir en su negocio. Esa noche, casi sin pensarlo, Gilda se despidió de la señorita Martha y de todas las noches pasadas en aquel antro, del pequeño escenario y del incomodo camerino compartido tantas veces con el resto de artistas y coristas. Salió del local con lo que llevaba puesto, como había entrado la primera vez, y como solía hacer en su vida, sin mirar atrás. Cuando esa noche le contó a Johnny que había dejado el Tigger y que empezaba a trabajar en un espectáculo de Broadway el irlandés ni se inmuto, continuo con la vista perdida en la calle que llevaba al puerto.

A la mañana siguiente Johnny, sin apenas haber dormido nada, fue a ver a Don Tomasso al café donde desayunaba cada mañana. Lo encontró detrás de aquella enorme servilleta que apenas tapaba la corpulencia del italiano, mojando bizcochos en una enorme taza de leche. Tomasso levantó la vista ligeramente hacía Johnny y volvió a concentrarse en su desayuno. Cuando el irlandés se sentó delante de él, sólo murmuró un te estaba esperando de forma enigmática. Johnny le contó que hacia 15 días que tenia la citación a filas en su poder, y aunque sabía que el capo no le iba a facilitar la manera de librarse de ella, pensaba que quizás podía usar alguna influencia para enviarlo a un buen puesto, algo seguro, como había hecho con su sobrino, quizás incluso podía mandarlo junto a Luigi.

Tomasso mandó salir a la gente que lo acompañaba y la cafetería se quedó sola para ellos dos. Miró al joven cara a cara y le mandó callar con un gesto. Johnny había empezado a titubear y se le entendía mal lo que quería decir, pero don Tomasso parecía saberlo ya todo. Fue muy claro, le ofreció la posibilidad de librarse de ir al frente. Ante la sorpresa de Johnny, le dijo que el podía hacer desaparecer su nombre de los listados de reclutamiento; pero que el debería marcharse del país, durante el tiempo que durase la guerra por lo menos, no podía continuar en la ciudad y ser el objeto de murmuraciones o de acusaciones. La gente acabaría dándose cuenta que había algo raro en que no fuera alistado forzosamente.

¿Pero donde iré? Medio mundo está en guerra, y el que no está no parece muy apetecible para vivir. Tomasso le habló de una rama de la familia Goretti que habían emigrado a la Argentina, justo a la vez que los primeros Goretti habían salido hacia Nueva York. El tío Giuseppe Goretti era ya muy anciano, pero mantenía correspondencia continua con su sobrino Tomasso, como dos ramas del mismo clan. Don Tomasso le entregó unas cartas que llevaba guardadas en el bolsillo de su chaqueta para presentar a Johnny a los Goretti de Buenos Aires. No había tiempo para mucho, le ordenó que sacara el pasaje en la mayor brevedad posible, a más tardar en una semana debería estar rumbo al sur, era imposible saber cuanto tiempo se podrían mantener las comunicaciones por barco a través del Atlántico.

Cuando Johnny se disponía a salir del local, con la cabeza hecha un lío por todo lo que acababa de suceder, Tomasso volvió a levantar la vista de la taza de leche y con una voz pausada y grave le preguntó sino se extrañaba que le ayudara a librarse de la guerra cuando no había hecho lo mismo por su sobrino. Johnny se volvió hacia el hombre, que quitándose la servilleta del cuello se ponía de pie lentamente. El silencio era incomodo, violento, parecía que en cualquier momento alguien sacaría una pistola y acabaría de una vez por todas con aquella situación. Tomasso enérgicamente exclamó: No quiero volver a verte más cerca de mi familia, no quiero que vuelvas a ver a Luigi en tu vida. He pensado mucho si mandar que te mataran o enviarte al otro lado del mundo y quiero que sepas que te mandó allí por que siempre te he tenido cariño, y por que creo que el comportamiento que estas teniendo con mi sobrino es una locura de juventud, en la que además no eres el único culpable. Sólo Dios os juzgará, pero creo que os quemareis en el infierno, los dos. Ahora vete a Argentina, y no vuelvas hasta que la guerra termine, y eso parece que será dentro de algunos años. Cuando Luigi este casado con una buena mujer y su casa llena de hijos, quizás podrás volver, pero preferiría que no lo hicieras.

Las palabras de Tomasso resonaban el la cabeza de Johnny sin entender cómo se había enterado de su relación con Luigi; tan furtiva, tan breve, casi no se había enterado ni él, y el patriarca de la familia lo sabía….Johnny no imaginaba como se podían extender los tentáculos de aquel pulpo llamado familia Goretti. Pero en ese caminar de vuelta a su casa tomo la decisión de seguir los consejos del viejo calabrés y marcharse de Nueva Cork. Fue acelerando el paso hasta casi coger una carrera, y era su fuerte voluntad la que no le hacía no correr con desmesura por las calles llenas de tráfico, pensando en el momento de llegar a casa y contarle a Gilda todos sus planes.

Sólo cuando llegó a la habitación y comprobó que la joven no estaba en casa se acordó que había dejado el Tigre y que tenía un nuevo trabajo del que desconocía los horarios. Armándose de paciencia se echó en la cama, con la mirada perdida en el techo, esperando que fuera la hora de comer y su novia volviese al apartamento.

Pensó en el viaje que Gilda y el comenzarían, en lo felices que podría ser en Argentina, sin nadie que los conociera, empezando nuevamente su relación. A veces se le venía la imagen de Luigi la noche anterior a su partida, en aquel hotel del puerto…pero la sacaba pronto de su cabeza para sustituirla por la cobriza cabellera de Gilda moviéndose por la brisa marina en la cubierta del trasatlántico que los llevara a Buenos Aires.

Llegó la hora de comer, después se quedó dormido, despertó cuando el sol empezaba ya a zambullirse en el rió Hudson. Se levantó, encendió un cigarrillo y se asomó a la ventana. Cuatro cigarros más tarde en la noche lo convencieron de que Gilda no regresaría a casa.

Al día siguiente la buscó por toda la ciudad, sin saber donde hacerlo. Recorrió todos los teatros de Times Square y Broadway, y cuando ya cansado pensaba en pedir ayuda a la anciana Gilberto de Oliveira, vio a Gilda a lo lejos, acompañada de un elegante hombre; la siguió hasta que vio como entraban en un elegante edificio de Park Avenue. No tuvo que sobornar al portero para que le contara que se trataba del señor Arthur Willson y su reciente novia.

Un taxi lo llevó al puerto desde donde salían los buques de pasajeros rumbo a Argentina. Para su suerte esa misma noche salía uno y conseguir pasaje era muy fácil, nadie que no estuviera desesperado o perseguido se atrevía a atravesar el océano lleno de submarinos alemanes. Las horas anteriores a la partida las pasó bebiendo en las tabernas del puerto. No quería llevarse nada de allí, de ese periodo de su vida que acababa. Cuando por la noche miraba como la gran ciudad y sus luces se hacían pequeñas en el horizonte comprobó que lo único que había conservado era un par de dados en el fondo de su bolsillo.

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