Capítulo XVII
Querida señora, permítame que la invite a cenar para continuar con nuestra conversación. Tom estaba convencido que la parte realmente interesante venía a continuación. Antonia Ferrara desestimó la invitación diciéndole que inevitablemente tenía que volver a Pissa esa misma tarde, pero le aclaró que la historia estaba ya tocando a su fin, que tuviera un poco más de paciencia con una mujer anciana sumida en recuerdos.
¿.Y que fue de ese cuaderno? preguntó entonces Tom para ir al grano de forma rápida. La anciana contestó: se vendió, como todo. A finales de 1985 toda la colección de documentos y enseres estaba perfectamente clasificada y detallada. Don Livio cada vez se encontraba peor y después de año nuevo ya casi no se levantaba de la cama. Los compradores iban llegando poco a poco, millonarios americanos ávidos de invertir en antigüedades, coleccionistas fanáticos de todo el mundo, suministradores de rarezas a museos y universidades, incluso algún agente de algún ministerio de cultura. Incomprensiblemente la agenda con la historia china no se vendía, quizás por que nadie entendía bien que era eso, y tanto Belladona como yo la habíamos clasificado en la categoría más cara, junto con partituras manuscritas de obras inéditas inacabadas y cartas personales. Todas las ventas eran firmadas por Livio Dell´Ana, auténtico propietario de la colección, y los talones eran llevados por Belladona al banco inmediatamente.
La casualidad hizo que la pequeña agenda manuscrita fuera el último lote de esa subasta funesta, y que el mismo día en la que un extraño comprador se había anunciado para venir a verla, falleciera don Livio.
Belladona se puso muy nervioso, el comprador llegaría en cualquier momento y había ofrecido una cantidad astronómica de dólares por ella. Me llamó a la habitación donde yacía el cuerpo del que había sido su pareja durante más de 40 años. Sus ojos mostraban que había estado llorando, pero sacando fuerzas quería dar una imagen dura, un "C'est la vie". Me habló con franqueza y ternura: Antonia, tu siempre has sabido nuestra historia de amor, desde aquella tarde de lluvia en el despacho de Livio, tienes que ayudarme ahora, no puedo confiar en nadie más. Dentro de pocos minutos llegará un comprador interesado en la agenda china, Livio quería deshacerse de todo, transformarlo en dinero y dejármelo todo a mi, quería garantizar mi futuro, mi vejez sin estrecheces y darme un final digno, como el que el tuvo. Sabes que la agenda no me pertenece, ahora es de sus herederos legales...pero eso solamente lo sabemos nosotros.
Interrumpí a Belladona para preguntarle si me estaba proponiendo que fuera cómplice de un robo, y el me dijo que sólo quería mi ayuda para cumplir las últimas voluntades de su amado. Así que accedí a su plan. Cuando llegará el comprador, yo presentaría a Belladona como don Livio Dell´Ana y este falsificaría la firma de Livio, después se comunicaría la muerte del señor Dell´Ana a su familia.
Parecía que el propio Puccini estaba orquestando toda la falsa, pensaba Tom, la realidad superaba la ficción, y ya no sabía si Pasquale Belladona era un personaje o un hombre de carne y hueso; ¿sería consciente Antonia Ferrara que estaba contándole el argumento de Gianni Schicci? Tom no quiso ahondar en los perjuicios morales que parecían molestar a la mujer, sólo quería saber quien era el misterioso comprador del manuscrito.
La Ferrara continuó, ya cansada, el relato: pronto llamaron a la puerta, al abrirla me sorprendió el grupo de personas que se encontraban esperando. Un corpulento hombre de gran talla entró seguido de cuatro o cinco más que parecían su sequito, en medio de los cuales caminaba una pequeña niña de no más de 10 años. Todos tenían rasgos orientales.
Ojearon la agenda negra en silencio, se la pasaron unos a otros y asentían con la mirada. Al final la niña que había permanecido en silencio les ordenó algo en su lengua, y rápidamente salió de la casa seguida de los escoltas, quedando sólo el hombretón para cerrar el trato. Con una voz casi femenina que contrastaba con su gran volumen agradeció a Belladona, transformado en don Livio, el haber reservado para ellos ese objeto y le extendió un talón por 50.000 dólares, lo que hacía de esa agenda la pieza mejor vendida.
Antes de que Belladona saliera al banco a hacer efectivo el talón en su cuenta, me dio las gracias y me prometió que pasara lo que pasara jamás saldría mi nombre en este tema, y que algún día se acordaría de mí y sería generoso.
¿Cumplió su promesa? Se apresuró a preguntar Tom.
Por supuesto, Pasquale había aprendido a ser un caballero. Livio Dell'Ana no mencionó a su amigo napolitano en ninguno de sus testamentos; así que cuando los herederos fueron a ver las arcas, las encontraron vacías. Los abogados contratados por esos herederos comenzaron un largo juicio contra Pasquale Belladona, que vivía su jubilación alegremente en Montecarlo, sostenido que el dinero de la herencia Puccini que estaba en su poder.
Durante el juicio a principios de los años 90, jamás salió mi nombre, por lo que intuyo que Belladona fue extremadamente discreto, después de todo yo había sido testigo de toda la operación, incluso cómplice de la misma. El tribunal reconoció un posible delito de apropiación indebida que, sin embargo, resultó amnistiado, y negó en cambio que Belladona abusara de una presunta incapacidad de su amigo. Recuerdo que la prensa trató el tema con cierto tabú y decían: "No hablamos de incapacidad del abogado Dell'Ana, sino de un estado de subordinación psicológica hacia Pasquale Belladona, con el que mantenía una relación particular".
Se intentó después contentar a todos, Simonetta Puccini, convertida ya en la heredera legal tras ser reconocida como hija de Tonio Puccini, se quedó con la casa de Torre de Lago y creo la Fundación Simonetta Puccini que gestiona el museo y actos culturales, y el estado italiano se quedó con todos los derechos de autor de la obra del compositor.
Así que Belladona fue realmente el que disfrutó la parte más material de la herencia, susurro Tom pensativo. La mujer le sonrió, con nostalgia - le confieso que Belladona se gastó prácticamente todo, pero para mi sorpresa cuando falleció hace ya dos años recibí una buena cantidad de dinero en herencia, los restos que quedaban después de una vida de lujo y despilfarro. Su abogado me envió una carta que Belladona había escrito para mi en su lecho de muerte, eran sólo unos versos: Ditemi voi, signori, se i quattrini di Puccini potevan finir meglio di così? Per questa bizzarria m'han cacciato all'inferno... e così sia; ma con licenza del gran padre Dante, se stasera vi siete divertiti, concedetemi voi...l'attenuante!
Tom sonrió al reconocer el final de Gianni Schiscci, y se apresuró a preguntarle que había hecho ella entonces. Aplaudí y me quede con el dinero.
Habían pasado dos horas desde que se habían sentado en la terraza del café. Las piernas de Tom empezaban a estar agarrotadas y pensaba que lo mismo le estaría pasando a la mujer, así que le propuso caminar un poco. A ella le pareció una buena idea y le pidió que la acompañara hasta su coche pues ya era hora de pensar en partir hacia su casa en Pissa. Tom le confesó que la historia le había enganchado pero que estaba esperando que le hablara del contenido de la agenda, de ese manuscrito del maestro sobre China. El manuscrito Turandot, sentenció la anciana tajantemente.
Bien, le diré que la agenda negra me llamó la atención desde que la descubrí, y que me dediqué a leerla durante los descansos de aquellos meses en los que trabajé en Montecarlo clasificando todos los documentos. Eran anotaciones de puño y letra de Giacomo Puccini sobre una historia que el había visto en algún lugar, y que había copiado a ese cuaderno. Al leerlo daba la impresión de que había sido traducido, ya que en algunos puntos faltaban algunas palabras o se encontraban escritas en otra lengua y entrecomilladas, como si estuvieran pendientes de traducir.
¿Y había algún dato sobre el origen de la historia? La señora Ferrara recordaba perfectamente que en ninguna parte del texto se hacia referencia a su origen, aunque por las palabras sin traducir pensaba que era español, y le aclaró que recordaba que en la primera pagina había escrito: Anotaciones para una posible ópera, 1917. Y ya sé que me dirá que los primeros bosquejos de Turandot conocidos son dos años posteriores, cómo no voy a saberlo si yo misma los tuve también en mis manos en aquella casa de Montecarlo.
La historia era simple y a la vez inquietante. Estaba contada con cierta musicalidad, y era una especie de relato épico. En ella se narraba como un grupo de hombres salieron de Pekín, de la enorme ciudad palacio, donde gobernaba un sabio emperador. El emperador manda a estos hombres a recorrer del mundo, en busca de conocimientos para su corte, y sobre todo en busca de un posible marido para su hija. Debe de disculpar que no recuerde el nombre de la princesa, pero ya se supondrá que no era Turandot. Ambos rieron, la mujer continuó hablando mientras pasaba su brazo por el de Tom, y caminando despacio los dos salían de la plaza san Michele, simulando una tierna estampa familiar.
La princesa tenía un carácter imposible para los hombres, sometía a peligrosas pruebas a sus pretendientes, y siempre conseguía excusas para rechazarlos a todos. Tom preguntó interrumpiendo el cuento: ¿Mandaba decapitar a los pretendientes rechazados? La señora Ferrara rió abiertamente. Le confieso que no, por lo menos el escrito no lo mencionaba. Más bien lo que la princesa quería es que nadie se acercara a ella por su posición real, sino por su valor como mujer culta y sensible.
El relato se centra más bien en la historia de los embajadores chinos, de cómo van atravesando el mundo, buscando los reinos más remotos. El protagonista llega a España, por aquel entonces dividida en varios reinos, cristianos y musulmanes. Es portador no solo de credenciales imperiales, sino de algo muy valioso como muestra de la riqueza de su emperador. Al final el embajador chino se encuentra en la corte de Castilla y allí conoce a un joven noble aventurero con el que traba amistad y en el que cree encontrar el candidato perfecto. El aventurero queda deslumbrado cuando el chino le enseña el tesoro, y decide partir hacia Pekín, para lo que trama una historia rocambolesca con la reina de Castilla a fin de conseguir los barcos necesarios para ir a esas lejanas tierras.
Tom se detuvo y se quedo mirando con una mueca algo estúpida a la señora Ferrara. Si, mi querido joven, habló de Cristóbal Colón.
